Escupitajos, cruzes rotas y odio: los cristianos de israel cuentan su 2025 particular

181 veces alguien escupió, rompió, insultó o golpeó a un cristiano en Israel el año pasado. La cifra, un 63 % más alta que en 2024, no es un simple dato estadístico: es el ruido seco de una grieta que crece bajo la piedra de Jerusalén y que ya nadie quiere revisar.

La ciudad vieja se convierte en ring

El 83 % de los ataques ocurrieron en Jerusalén y, de ellos, siete de cada diez se concentraron en un laberinto de callejones donde conviven —y chocan— los tres grandes monoteísmos. Armenio, Dolorosa, Jaffa: los nombres suenan a postal, pero en el informe que acaban de desvelar el Rossing Center y el RFDC leen como mapa de guerra. Escupitajos (60 %), insultos (18 %), símbolos cristinos destrozados (12 %), puñetazos (5 %), profanaciones (3 %). El resto queda en la bruma de WhatsApp y Telegram, donde el odio se comparte a la velocidad de un meme.

Lo que nadie cuenta es que la mayoría de estas denuncias acaban en un cajón. «Se cierran sin investigación y sin ley», advertía este lunes Federica Sasso, coordinadora del Rossing Center, mientras en la pantalla detrás de ía aparecía una cruce partida en dos. La frase resume el sentimiento que respiran los 45.600 cristianos que aún habitan Cisjordania, Gaza y Jerusalén Este, y los 180.000 que viven dentro de Israel, en su mayoría árabes. La impunidad, dicen, ya no es un fallo del sistema; es el sistema.

La encuesta que hiela la sangre

La encuesta que hiela la sangre

En septiembre entrevistaron a 499 israelíes. El 70 % se opone a que organizaciones cristinas compren tierra. Solo el 38 % aprobaría que sus hijos estudiaran la historia del cristianismo en la escuela judía. «Cuanto más religioso, más rechazo; cuanto más joven, más rechazo», matizó Hana Bendcowsky. El dato es un termómetro de lo que viene: menos espacio, menos voz, menos futuro.

En Belén, Taybeh y Birzeit los colonos radicalizados ya suplanta vides y rompen vidrios. En Gaza, la iglesia de la Sagrada Familia fue alcanzada por un proyectil que redujo la comunidad cristina a la mitad: 600 almas. La diócesis local lleva meses pidiendo permisos de salida que nunca llegan y los colegios católicos sobreviven a base de donaciones que tampoco llegan.

El informe termina con una advertencia que suena a epitafio: si la hemorragia continúa, para 2050 el cristianismo en Tierra Santa podría ser una nota a pie de página en los libros de historia. La frase no es una hipérbole. Es la constatación de que, cuando el odio se normaliza, los relojes se adelantan y las minorías desaparecen antes de que nadie haya tenido tiempo de escribir su obituario.