Fujimori ofrece cumbia y promesas en piura, en medio del caos criminal
La campaña presidencial de Keiko Fujimori culminó en Piura con un espectáculo que mezcló música, emotividad y una promesa de orden, pero que también evidenció una escalada de violencia que cala en lo más profundo del tejido social peruano. El cierre de campaña, celebrado junto a la orquesta Armonía 10, se vio marcado por el recuerdo de Paul ‘Russo’ Flores, su cantante asesinado meses atrás, un hecho que la candidata utilizó para galvanizar el apoyo y reforzar su discurso sobre la necesidad de combatir la delincuencia.
La sombra del sicariato en la campaña
Fujimori, quien busca por cuarta vez la presidencia tras derrotas en 2011, 2016 y 2021, no ocultó su dolor ante la pérdida del artista, dedicándole un aplauso y un mensaje de solidaridad a su familia. Pero más allá del gesto, la candidata aprovechó la ocasión para denunciar la creciente inseguridad que azota al país, señalando que la violencia no discrimina y golpea incluso al ámbito artístico, con ataques recientes a orquestas como Agua Marina y un atentado con explosivos contra la misma Armonía 10 en Trujillo. La cifra es alarmante: desde el trágico asesinato de ‘Russo’ Flores, la actividad criminal se ha intensificado, con atentados contra músicos y un clima de miedo que paraliza a la industria del entretenimiento.
Pero hay un detalle que complejiza el panorama. La promesa de orden de Fujimori se plantea en un contexto donde las fuerzas del orden, bajo estado de emergencia en ciudades como Trujillo y la capital, parecen incapaces de frenar a las mafias de extorsión que operan a sus espaldas. La pregunta que surge es inevitable: ¿cómo garantizar la seguridad de los artistas y del público sin abordar las raíces profundas de la violencia y la corrupción que alimentan el crimen organizado?

El fiscal pérez y el fantasma de la corrupción
La candidata también aprovechó el evento para atacar a José Domingo Pérez, el exfiscal anticorrupción que la investigó en el pasado y que ahora defiende al expresidente Pedro Castillo, condenado por un intento de golpe de Estado. Fujimori lo acusó de tener un “sesgo político”, descalificando su labor y sembrando dudas sobre su imparcialidad. Sin embargo, esta estrategia de ataque personal no logra ocultar las sombras que persiguen a la familia Fujimori, marcadas por acusaciones de corrupción y tráfico de influencias que han erosionado su imagen pública.
Respecto a las propuestas concretas, Fujimori se comprometió a impulsar el proyecto de agua Alto Piura, descolmatar reservorios, construir canales de irrigación y apoyar a los agricultores. Promesas que, si bien suenan atractivas, carecen de un plan detallado sobre cómo financiar estas iniciativas y garantizar su sostenibilidad a largo plazo. La región de Piura, devastada por la sequía y la pobreza, necesita más que promesas vacías; necesita soluciones reales y viables.
Al final, el cierre de campaña de Keiko Fujimori dejó en evidencia una realidad incómoda: un país sumido en la inseguridad, la corrupción y la polarización política, donde la música y el arte se ven amenazados por la violencia y la impunidad. La promesa de un futuro mejor, aunque resonante, se diluye en la incertidumbre y la desconfianza que corroen a la sociedad peruana.