Gattuso apela al orgullo italiano para romper 12 años de maldición

Roma, 30 mar. Gennaro gattuso no quiere excusas, ni charlas de psicólogo, ni análisis de laboratorio. En la sala de prensa del centro tecnico de Coverciano ha desgranado esta tarde la única carta que le queda: el orgullo herido de una nación que ganó cuatro mundiales y lleva doce años sin pisar uno. Mañana, en la gris Zenica, Italia juega su pase al Mundial 2026 contra Bosnia. Y el seleccionador ha puesto sobre la mesa la historia, la sangre y la rabia.

«Muchas veces nos hemos proclamado campeones sin ser los más fuertes», ha dicho con voz de capitán de barco a la deriva. «Pero con patriotismo, garra y sufrimiento lo hemos conseguido. No nos puede faltar esto.» La frase suena a lección de vida y a amenaza. Porque el fracaso ya no es una hipótesis: es un fantasma que acecha desde las dos últimas repescas fallidas, desde la vergüenza de no ir a Catar, desde la foto vacía del autobús sin ilusión.

El equipo que ya no brilla pero sufre menos

gattuso llegó en junio de 2025 con la etiqueta de improvisado. Siete meses después, admite que el grupo «ya no se ahoga» cuando el rival llega a su área. «Antes sufríamos, ahora sufre el balón», ha resumido. La estética importa poco: «Menos bonitos, más eficaces». La semifinal ganada a Irlanda del Norte —con errores tácticos que él mismo reconoce— ha dado oxígeno, pero Zenica es un muro de hormigón. El estadio de Bilino Polje, césped raquítico y grada que silba en bosnio, espera.

Ha desactivado la excusa del terreno en tres segundos: «Si es malo para nosotros, también para ellos. Buscar excusas es de débiles». Y ha hablado de Sergej Barbarez, el técnico bosnio, como quien describe a un viejo enemigo del barrio: «Es un jugador de póquer, se mete en el alma de los suyos». Elogio y advertencia. Bosnia juega a la guerra de guerrillas: física, directa, con centros que buscan la cabeza de Dzeko. Italia, a no encogerse.

Un puesto, una cabeza y una federación en jaque

Un puesto, una cabeza y una federación en jaque

La pregunta que nadie quería hacer ha saltado al final: «¿Qué pasa si fallamos?». gattuso ha apretado los labios. «Sería un duro golpe y asumiría mi responsabilidad», ha dicho. Pero ha dejado caer que «tengo mi opinión, pero me la guardo». La federación calcula: un fracaso más podría costarle el puesto al presidente Gravina y abriría la puerta a un nuevo ciclo. El técnico, ex jugador de pecho inflado, prefiere hablar de «dar la cara». Mañana, o se lava o se hunde.

Italia no puede fallar. La cifra habla por sí sola: doce años fuera del mapa. El país que exporta tácticas al mundo tiene la selección más desorientada del planeta. Gattuso lo sabe y por eso ha apelado a la historia, no al análisis. Porque en el fútbol, cuando la lógica falla, solo queda el grito. Y mañana, a las 20:45, el grito se escuchará en Zenica. Otra vez.