Glen powell se convierte en el vecino asesino más encantador de hollywood

Glen Powell sonríe. Glen Powell siempre sonríe. En Jugada maestra esa sonrisa es un arma de doble filo: aquí no hay héroe, solo un tipo que decide matar a ocho parientes para heredar una fortuna. La película, que aterriza esta semana en cines, quiere ser una sátira ácida sobre la desigualdad, pero termina siendo una comedia de cadáveres sin gracia ni pulso.

Un crimen perfectamente aburrido

El problema no es el cadáver nº 1, ni el 3, ni el 8. El problema es que John Patton Ford —que firmó la vibrante Emily la criminal— parece haber rodado esta historia con el piloto automático. La trama, calcada de Los ocho sentenciados (1950), conserva la estructura pero pierde el veneno. El antihéroe británico que en la original era un frío estratega de clase baja, aquí se convierte en Becket Redfellow, un tipo de jersey de algodón que parece salir de un anuncio de colonia.

La película arranca con Becket en el corredor de la muerte, confesando sus crímenes a un cura. Flashback tras flashback, vemos cómo va eliminando a los ricos de su árbol genealógico. El guion apura el ritmo, pero no la inteligencia. Cada asesinato es un gag que no llega a despegar: un embolo de aire en la sauna, una espada samurái en la biblia, un accidente de helicóptero que parece spot de seguros. La cámara se detiene en Julia (Margaret Qualley), la prima rubia que Becket desea y odia, pero su personaje es tan plano como el iPad del millonario que muere electrocutado en la bañera.

La risa que no llega

La risa que no llega

Glen Powell tiene carisma de sobra. Eso es justo lo que hunde la película. Su encanto natural convierte al asesino en un amigo simpático, alguien con quien tomarías una cerveza después del crimen. Y ahí se diluye la crítica social que Ford intenta vender. El filme quiere hablar de herencia, de meritocracia, de cómo el sueño americano se compra con sangre, pero termina siendo una sucesión de sketches sin mordida. La única escena que duele es la que no se ve: Becket mirando su cuenta bancaria después del último crimen, descubriendo que ser rico también es aburrido.

El reparto secundario —Ed Harris, Bill Camp, Topher Grace— desaparece entre guiños y caretas. Grace, por ejemplo, interpreta a un estafador religioso que colecciona armas japonesas y se broncea con luz LED. Su muerte, que debería ser un momento de delicia macabra, pasa sin pena ni gloria. La película no se atreve a ensuciarse las manos. Prefiere la risa fácil al sarcasmo cruel.

En los 105 minutos de metraje hay un hueco: el espectador. Ford olvida que la comedia negra solo funciona si el público se siente cómplice. Aquí solo queda la sensación de haber visto un producto, no una historia. La banda sonora —jazz suave y baterías que suenan a anuncio de banco— remata la broma: hasta la música parece tener miedo de molestar.

El cadáver final es la ambición

El cadáver final es la ambición

El verdadero asesinato de Jugada maestra no es el de los ocho parientes. Es el de la ambición. Ford, que en su anterior película mostraba cómo una mujer se endeudaba hasta la médula para sobrevivir, aquí se conforma con una sátira light. No hay clase trabajadora, solo un tipo que quiere subirse al yate. No hay sistema, solo un árbol genealógico que hay que podar. La película se despide con Becket sonriendo otra vez, ya en el cadalso, como si la muerte también fuera un casting.

La última imagen es un primer plano de Julia llorando en el funeral. Pero la cámara no se queda en su dolor. Se alega. Se aleja porque el filme no sabe qué hacer con la emoción real. Prefiere el cadáver perfecto, la risa segura, la herencia sin sangre. Jugada maestra no es una comedia negra. Es una comedia gris, tan acomodada como los ricos que pretende satirizar.