Gran canaria pasa la sequía a la abundancia: 17 veces más agua en 17 meses

Las Palmas amaneció con el agua al cuello. Del pánico por el dengue a la copa desbordada en las presas solo han medido 16 meses, dos borrascas y una cifra que suena a error de imprenta: de 2,3 a 39 millones de metros cúbicos. Diecisiete veces más líquido del que jamás contaron los libros de hidrología canaria.

La borrasca Therese, que despidió el invierno en marzo de 2026, fue el segundo empujón que necesitaba la isla para despedirse de la lógica del desierto. En seis días vertió en la cumbre más agua que la suma de 2021, 2022 y 2023 juntos. Y lo hizo con la obstinación de quien no cree en medias tintas: 500 l/m² en la dorsal que separa Teror de Valleseco, 369 l/m² en Tejeda. En Arucas, el 24 de marzo, Bañaderos registró 160 litros en 24 horas: récord absoluto desde que alguien empezó a anotar, en 1950, la cantidad de cielo que caía.

Cuando llueve, llueve sobre la presa llena

Antes de Claudia y Therese, el paisaje era otro: barbechos agrietados, agricultores contando gotas y un discurso oficial que repetía «el agua no se crea». Ahora hay 35 presas llenas hasta el cuello y cinco que se beben la gota que falta. Por primera vez en la memoria hidráulica de la isla, la red camarálica no tiene vacíos: desde Mogan hasta Arinaga, la arcilla roja se ha convertido en embalse andante.

El presidente del Cabildo, Antonio Morales, lo resume con la frase que nadie esperaba pronunciar en Canarias: «Tenemos garantizado el riego para cinco años». La cifra habla por sí sola: 36 meses de abastecimiento sin abrir el grifo del dessalador más una cosecha agrícola que ya no dependerá de la volatilidad del cielo.

Pero hay un detalle que los mapas de colorines no cuentan: la lluvia no solo se quedó arriba. Se coló por grietas, barrancos y túneles de lava hasta el acuífero que duerme bajo Las Palmas. Los sondeos más profundos —los que marcan la vida de los cultivos de plátano en la costa— han subido ocho metros en tres semanas. El agua subterránea, la que nadie ve, ha engordado más que la que lucen las presas.

La isla que aprendió a beber del cielo

La isla que aprendió a beber del cielo

La lección no es meteorológica; es de relato. En la era del cambio climático, Gran Canaria ha descubierto que puede pasar de la sequía estructural a la inundación sistémica en menos de un año. El azadón de los agricultores de Santa Brígida ahora golpea barro en lugar de piedra. Los vecinos de Telde ven brotar manantíos que solo existían en la oralidad de sus abuelos.

Mientras tanto, la desaladora de Jinámar reduce revoluciones. Su factura de electricidad —la más cara de España por litro de agua potable— se desploma como el muro de una presa vieja. La isla, que pagaba más por el agua que por el petróleo, empieza a facturar a la inversa: vende excedente a Fuerteventura y proyecta un oleoducto inverso que llevaría el sobrante hasta Lanzarote.

La gota que falta es política: cómo distribuir la abundancia sin caer en el despilfarro que precede a la próxima sequía. Porque vendrá. Y cuando llegue, Gran Canaria ya sabe que diecisiete veces más agua cabe en la misma isla que antes creía sedienta. El cielo, al fin, ha devuelto la factura que la isla creía impagable.