Gran grif arrasa haití: 16 cadáveres y un agujero de 70 muertos que nadie puede tapar

Las primeras llamas devoraron una choza de madera en Jean-Denis la madrugada del sábado. Para cuando los kenianos de la misión internacional lograron cruzar las zanjas que los sicarios cavaron como trinchera, el fuego ya había hecho su tajo: 16 cuerpos calcinados, diez heridos con balas y un alcalde, Lereste Dort, contando cadáveres que aún no han llegado: «Vamos por 70».

La banda Gran Grif regresó a Dessalines para demostrar que el centro de Haití es suyo. Lo hizo con la misma coreografía que en febrero: incendiar casas, fusilar a quien intente huir y desaparecer antes de que la Policía Nacional –aún sin vehículos blindados– termine de cruzar los campos de arroz convertidos en trampas. Esta vez cavaron zanjas de tres metros de ancho en las entradas del pueblo, suficientes para que los camiones patrulleros se hundieran hasta el eje y los tiros llegaran con la calma del que caza con silenciador.

El olor a pólvora que lo inunda todo

En la comisaría de Saint-Marc, a 40 km del infierno, los forenses trabajaron con mascarillas de algodón porque el olor a carne chamuscada se pegaba al plástico. Los informes preliminares hablan de armas de guerra .223 y .308, calibres que no se compran en los mercados de Puerto Príncipe; provienen de contrabando que entra por la frontera dominicana y se paga en dólares que nadie declara. Cada cartucho hallado es una huella que apunta a redes mucho más altas que la sicariedad local.

Lo que nadie cuenta es que Jean-Denis ya era un pueblo fantasma antes del ataque. La mitad de sus casas estaban abandonadas desde la primera incursión de Gran Grif en febrero; los que se quedaron lo hicieron para cosechar el maíz que quedaba o porque no tenían los 250 dólares que cobra el bus hacia la capital. Los supervivientes ahora duermen al raso, bajo los árboos de mangó, porque los refugios improvisados de la ONU se llenaron hace meses de familias que huyen de otra banda, o de otra masacre, en un país donde el mapa se redibuja con gasolina y sangre.

La Policía anuncia operaciones de «saturación», pero los agentes repiten el mismo guion: llegan cuando ya no queda nadie a quien arrestar. Mientras, la misión keniana –que llegó con armas pero sin inteligencia local– se limita a escoltar camiones de cuerpos. Su mandato vence en julio y el gobierno interino ni siquiera tiene dinero para prorrogarlo.

La cuenta que no cierra

La cuenta que no cierra

El portavoz de la Fuerza de Seguridad Multinacional asegura que «la zona está bajo control», pero la cifra habla por sí sola: 70 muertos posibles frente a cero detenidos. Cada ataque de Gran Grif deja una estela de silencio: nadie testifica, nadie reconoce caras, nadie se fía de que la Justicia haitiana –con diez jueces asesinados desde 2021– vaya a proteger a un alma. El círculo se cierra: sin testigos no hay casos, sin casos no hay presión, sin presión la banda sigue cosechando pueblos.

El domingo por la noche, mientras las autoridades firmaban comunicados, los vecinos de Dessalines quemaban neumáticos en la carretera que une Gonaïves con Hinche. No pedían justicia; pedían que alguien recogiera los cadáveres antes de que los perros se los coman. Al amanecer, la Policía levantó el bloqueo con gases lacrimógenos. Los cuerpos siguen en la comisaría de Saint-Marc, apilados en un contenedor frigorífico averiado. El olor ya atraviesa la pared de zinc y se mezcla con el del mar Caribe, que está a solo 30 km, pero parece a años luz de aquel pueblo que ya no aparece en los mapas oficiales.