Gran grif desata el infierno en haití: 70 muertos y un pueblo entero a la deriva
El olor a pólvora y a carne quemada se cuela antes que el sol en Petite-Rivière de l’Artibonite. A las cuatro de la madrugada del domingo, los primeros disparos anunciaron la vuelta de la banda Gran Grif. Cuando la luz obligó a los asesinos a retirarse, las calles parecían un cuadro de Goya: casas en llamas, cadáveres amontonados, silencio roto por los llantos de quienes aún podían hacerlo.
Pero la historia no terminó ahí. El lunes, los hombres de Prophane Victor —ex diputado convertido en jefe de milicia— regresaron para rematar lo que había quedado en pie. Bertide Horace, portavoz de la Comisión para el Diálogo, la Reconciliación y la Sensibilización, lo cuenta por teléfono mientras escucha a su espalda el ruido seco de los tiros: «La zona está completamente desierta. Solo las pandillas tienen el control». Su organización ha contado 30 cadáveres; Antonal Mortimé, abogado de Défenseurs Plus, eleva la cifra a 70. La comunicación se rompe cada vez que alguien intenta entrar. Los agujeros cavados por los sicarios para frenar a la policía keniana —los mismos que la ONU envió como misión de paz— ahora sirven de fosa común.
El artibonite se ahoga en su propio río
El río Artibonite, el más largo del país, fue testigo del éxodo masivo del año pasado: cientos nadaron hasta la otra orilla mientras Gran Grif incendiaba sus casas. Ayer, el agua volvió a recibir cuerpos. Esta vez no hubo huida. Los puentes están minados, las carreteras cortadas con coches volcados y los viveros de arroz —la gallina de los huevos de oro regional— convertidos en ceniza.
La Policía Nacional de Haití admite 16 muertos y 10 heridos, pero el comunicado suena a desgana: los números cambian cada hora porque nadie puede entrar a Jean-Denis sin convertirse en blanco. El 90 % de Puerto Príncipe ya lo controlan las bandas; ahora extienden la frontera hacia el corazón agrícola. La ONU advirtió en enero: «La consolidación del control de las pandillas es sin precedentes». Entre marzo de 2024 y enero de 2025, 5.500 personas fueron asesinadas. La cifra habla por sí sola: Haití pierde una vida cada dos horas.

El negocio de la ausencia del estado
Gran Grif nació como un ejército privado de un político fallido. Hoy cobra peaje a los camiones de arroz, secuestra campesinos y vende protección a los que antes eran sus vecinos. El Estado no llega, y cuando llega, lo hace en forma de policía keniana que dispara traducida al inglés. La misión de la ONU costó 600 millones de dólares; el lunes, los cascos azules se quedaron atascados en un hueco.
Petite-Rivière de l’Artibonite ya no aparece en los mapas de Google: alguien denunció que la localidad «ya no existe». Lo cierto es que existe, pero como territorio sombra, gobernado por un ex diputado que premia la lealtad con munición y castiga la desobediencia con fuego. La última vez que Gran Grif atacó Pont-Sondé, en octubre, mataron a 70 personas. La comunidad internacional prometió «medidas inmediatas». Han pasado siete meses. El lunes, las medidas inmediatas eran los cuerpos que se apilaban en la puerta de la iglesia.
El presidente transitorio, Ariel Henry, sigue en el exilio. La banda, en el palacio de justicia improvisado que es la calle. Y Haití, otra vez, aprende que cuando el mundo habla de «ayuda humanitaria», lo que llega es un camión blindado demasiado ancho para los huecos que cavaron los asesinos.
