Gran grif masacra a 70 personas en haití y deja 6.000 desplazados

El sol apenas despuntaba en Jean Denis cuando los Gran Grif irrumpieron con fusiles y machetes. A las 6:30 de la mañana, el pueblo ya olía a pólvora y sangre. Setenta cadáveres —algunos eran niños que aún llevaban el uniforme escolar— yacían en las calles de tierra mientras treinta heridos se arrastraban entre llamas. El grupo armado no solo vino a matar: quemó cincuenta casas y forzó la huida de 6.000 almas que ahora duermen bajo palmeras sin agua ni promesa de regreso.

La matanza que nadie pudo frenar

Antonal Mortimé, director de Collectif Défenseurs Plus, lo confirmó en Radio Television Caraibes: «Fue una ejecución sistemática». Los Gran Grif, originarios de Artibonite —el granero de Haití—, han pasado de extorsionar arroz a sembrar terror. Controlan rutas, cobran peaje a los camiones de grano y ahora deciden quién respira. El domingo, la excusa fue una supuesta colaboración de Jean Denis con la policía. La realidad: un pueblo que se negó a pagar más.

El departamento de Artibonite, once meses antes considerado zona agrícola, se ha convertido en campo de batalla. Desde que el primer ministro Ariel Henry prometió una ofensiva contra las bandas —y no cumplió—, los grupos armados multiplicaron arsenales. La masacre de este domingo es la respuesta de Gran Grif al discurso vacío: «Si el Estado no gobierna, nosotros sí».

Las primeras imágenes, grabadas con teléfonos agrietados, muestran cuerpos amontonados junto a la iglesia evangélica. Una mujer grita que su hijo de nueve años fue arrastrado por el pelo hasta la plaza. Los supervivientes escaparon nadando el río Artibonite; muchos llegaron descalzos a Saint-Marc, donde las ONG ya contabilizan 2.000 nuevos desplazados que duermen en un estadio abandonado.

El silencio que condena

El silencio que condena

La policía nacional, con 10.000 efectivos para todo el país, no apareció hasta cuatro horas después. Cuando lo hizo, solo custodió la salida de la carretera para que los camiones de carga no fueran incendiados. «No tenemos balas ni gasolina», dijo un agente bajo anonimato. La misión de seguridad keniana, aprobada por la ONU, sigue en papel; sus cascos azules están aún en Nairobi negociando el presupuesto.

Mientras tanto, los Gran Grif reeditan la estrategia que ya usaron en Cabaret y Croix-des-Bouquets: limpian étnicamente, ocupan la tierra y luego cobran renta a quien quiera regresar. La cifra habla por sí sola: 160.000 desplazados en Artibonite desde enero, según la OIM. La cosecha de arroz, base de la dieta haitiana, caerá un 30 % este año. El hambre será el próximo asesino.

En Puerto Príncipe, el gobierno interino emitió un comunicado de «condena enérgica» y prometió «medidas contundentes». La misma retórica que tras la masacre de Bel Air, la de Cite-Soleil, la de Savien. La ciudadanía ya no se lo cree: los supermercados registran filas para comprar arroz y petróleo antes de que los Gran Grif cierren la circunvalación. El miedo se ha vuelto moneda corriente.

La noche del lunes, en Jean Denis, solo quedaron perros hambrientos y el olor a quemado. Un anciano que regresó a buscar medicinas para su esposa dijo: «No hay pueblo, solo huesos». La frase resume Haití: un país que lleva décadas siendo desplazado de sí mismo y que, cada domingo, vuelve a enterrar su futuro bajo la tierra que ya no produce.