Herzog llama al patriarca tras bloquearle la entrada a la iglesia más sagrada
El patriarca latino Pierbattista Pizzaballa se quedó a las puertas del Santo Sepulcro el Domingo de Ramos. La policía israelí le cortó el paso. Horas después, el presidente Isaac Herzog le telefoneó para pedirle disculpas. La excusa: los misiles iraníes. La realidad: ni un solo proyectil ha caído sobre la Ciudad Vieja en los últimos días.
La excusa del miedo
El comunicado de la presidencia habla de «preocupaciones de seguridad» y de «amenaza de ataques con misiles». Pero fuentes militares reconocen bajo anonimato que no existe inteligencia que sitúe templos cristianos en la lista de objetivos de Teherán. Lo que hay es un protocolo que cierra calles y que, desde octubre, convierte la Ciudad Vieja en un laberinto de vallas y controles.
Pizzaballa y el custodio franciscano Francesco Ielpo iban solos, sin cruces ni incensarios. Solo querían entrar por la puerta lateral del Patriarcado, la que da a la calle de los Cristianos. Allí les esperaban dos agentes con chalecos antibalas y un «no» rotundo. El patriarca no protestó. Dio media vuelta y se refugió en la casa de los franciscanos, a cien metros, donde celebró una misa privada para una veintena de fieles.

El statu quo que nadie respeta
Herzog prometió «reforzar la coordinación» y mantener el statu quo en los lugares santos. Palabras huecas para los cristianos locales, que llevan meses viendo cómo se reduce su espacio de maniobra. Durante el Ramadán, la policía dispersó a los palestinos que rezaban fuera de la Explanada con gases y porras. Ahora les toca a los cristianos.
La curia latina guarda silencio. No quiere tensiones con un Estado que financia parte de la restauración de los mosaicos del Santo Sepulcro. Pero en los conventos se respira hastío. «Nos piden que seamos invisibles», susurra un fraile que pidió no ser citado. «Invisibles y agradecidos».
La próxima cita es el Domingo de Resurrección. Si el tiempo y la política lo permiten, Pizzaballa entrará por la puerta principal, con incienso y con cámaras. Será su victoria simbólica. Porque en Jerusalén, la liturgia muchas veces es la única forma de recordar al mundo que todavía hay cristianos que viven, y mueren, entre piedras que vieron la tumba vacía.
