Incendian dos buses en comas: el fuego que avisa cuánto vale no pagar cupo
Las 3:40 de la madrugada del domingo 29 de marzo, Comas olía a diesel y a pólvora. Dos buses de Perla Express —los que cubren la ruta Lima-Huánuco— estallaron en llamas al mismo tiempo, como si alguien hubiera sincronizado un reloj de terror. El estruendo despertó a los vecinos del asentamiento Trapiche: primero un trueno metálico, luego el cristal saltando y, tras ello, el rugido naranja que todo lo engulle.
Perla Express perdió en diez minutos 1,2 millones de soles entre chasis, motor y carrocería. Nadie resultó herido, pero la cifra habla por sí sola: cada bus quemado es una factura que el transporte interprovincial paga por negarse a cederle su cuota a la mafia que cobra “derecho de piso”.
El patrón que se repite y nadie registra
La policía encontró dos puntos de origen: uno cerca del tanque de gas natural y otro bajo el asiento del conductor. La simultaneidad no es casual; es la firma. En lo que va del año ya van 23 unidades calcinadas en Lima. La última semana de marzo sumó cinco. El modus operandi es idéntico: cocheras alejadas de cámaras, vecinos que escuchan estallidos, bomberos que llegan cuando solo queda la carcasa negra y una carpeta investigativa que se enfría más rápido que el acero retorcido.
Lo que nadie cuenta es que los dueños de Perla Express juraron —en la comisaría de Santa Isabel— no haber recibido ni una llamada extorsiva. El silencio previo también forma parte del mensaje: el vacío es la amenaza. Si no te avisan, es porque ya te están mirando.

Huánuco, la ruta que más sangra
El trayecto Lima-Huánuco mueve 3 200 pasajeros diarios; cada viaje deja 28 000 soles en boletería. Es la gallina de los huevos de oro que la mafia quiere estrujar: cobra entre 150 y 300 soles semanales por unidad. Hacer la vista gorda cuesta 15 600 soles al año por bus; resistirse cuesta, en promedio, un incendio cada 45 días.
La PNP y el Cuerpo General de Bomberos Voluntarios sellaron la escena con cinta amarilla, pero la cochera ya es un museo de lo que viene: lonas chamuscadas, cables colgando como tripas y el olor a keroseno que se impregna en la ropa de los vecinos. Uno de ellos, Donato Ríos, lleva tres años lavando taxis frente al lugar. «Antes temíamos los asaltos, ahora tememos el fuego que llega solo», dice mientras restriega un parabrisas que no volverá transparente.
La investigación oficial baraja falla eléctrica y cortocircuito, pero los peritos ya adelantaron en off: encontraron restos de bidones plásticos y mechas de algodón. La hipótesis del “accidente” se desvanece como el humo negro que ayer cubrió el cielo de Comas.

La factura que pagan los pasajeros
Mientras tanto, los tickets de Lima a Huánuco subieron de 45 a 55 soles de un día para otro. La empresa dice que es “ajuste por riesgo operativo”, pero en la cola de la terminal nadie se cree el eufemismo. «Uno paga más para que le quemen los buses después», ironiza Silvia Cárdenas, profesora que viaja cada fin de semana a visitar a su madre en Ambo.
La ministra de Transportes prometió el despliegue de 200 policías en cocheras críticas, pero el gremio ya cuenta los muertos que no aparecen en estadísticas: 40 choferes renunciaron en marzo, seis empresas cancelaron rutas nocturnas y la flota interprovincial operó el domingo con 18 % menos unidades. El miedo también quema, solo que no deja ceniza.
La lección de Trapiche es tosca y simple: en la nebulosa que precede a la extorsión, el fuego es el primer anuncio escrito. Si no se lee a tiempo, la próxima carta será más breve: un cuerpo, un charco de gasolina y un titular que ya nadie recuerda al mediodía.
