Infantino llega a cdmx con tarjetas en la mano y promesa de fiesta mundial

La sonrisa de Gianni Infantino en Palacio Nacional no era de cortesía: era la de quien ya sabe que el dinero del Mundial 2026 empieza a fluir y México es la primera válvula que se abre.

Claudia Sheinbaum recibió al presidente de la FIFA con un desayuno de omelette de flor de calabaza y una banda tricolor en la solapa. Dos meses antes del arranque del torneo, el ritual era obligado: foto, video, risas, tarjetas amarillas y rojas de juguete. Infantino entregó las oficiales, Sheinbaum fingió amonestar a su secretario particular, todos aplaudieron. El performance duró 63 segundos, justo lo que tarda un clip en volverse viral.

El contrato que no se mencionó

Lo que no entró en el video fue la hoja de cálculo: 10 partidos en el Estadio Azteca, 312 millones de dólares en derechos de hospedaje, 1.2 millones de turistas proyectados. La FIFA no viaja por diplomacia; viaja por el 10% de cada cerveza vendida, por los derejos de imagen de cada rostro que aparezca en la pantalla gigante del Zócalo. Infantino lo sabe. Sheinbaum también.

En la mesa, el delegado de la FIFA pidió más seguridad alrededor de los estadios y un corredor express de autobuses eléctricos desde Santa Fe. La jefa de Gobierno prometió revisar el plan de contingencia climática: si en noviembre de 2022 Qatar montó aires acondicionados en pleno desierto, Ciudad de México puede instalar nebulizadores sobre avenida Insurgentes. Ambos rieron otra vez. La flor de calabaza del omelette era de Tenancingo, dijeron, orgánicos, sin pesticidas. Un detalle que suena bien en la ficha técnica de sostenibilidad que la FIFA entregará a la prensa alemana.

La selección que no está lista

La selección que no está lista

Mientras tanto, el Tri lleva cinco meses sin director técnico y la afición lleva siete sin creer. Infantino lo evitó: “Todos somos mexicanos en este Mundial”, soltó, y con esa frase liquidó la deuda histórica de tres grupos y octavos de final. La estrategia es simple: si el equipo falla, la fiesta sigue; si la fiesta falla, el negocio se desploma. Y el negocio ya está en marcha: paquetes de hospitalidad desde 450 dólares la entrada más barata, hoteles del Valle de México con precios duplicados, vuelos charter desde Monterrey con escala en Houston para abarrotar el inventario de souvenirs.

La tarjeta roja que Infantino le mostró a Sheinbaum era de plástico brillante, pero la amarilla real se la guardó en el bolsillo: la advertencia de que cualquier retraso en obras o protesta social puede traducirse en sanciones millonarias. La FIFA no perdona. Por eso la foto debía salir perfecta: sol, bandera, sonrisa. Detrás de la cámara, un asesor de imagen revisó que el logo de Adidas no compitiera con el de Coca-Cola en el mismo fotograma. Regla de oro: nada puede opacar a los socios.

El omelette se enfrió. Infantino subió a su avanet con destino a Nueva York, donde el siguiente script lo espera. Sheinbaum regresó a su oficina con la banda conmemorativa enrollada: un souvenir más para la vitrina de las fotos oficiales. Dentro de 60 días los reflectores se encenderán y la sonrisa tendrá que sostenerse 90 minutos por partido, siete veces en el Azteca. La factura llegará después, cuando la confetti limpie las calles y el país descubra que la fiesta terminó pero la deuda sigue pidiendo gol.