Infantino sella en cdmx el pacto que convertirá al azteca en la catedral del verano
La ciudad que ya vio moverse a Pelé y a Maradona acaba de recibir el abrazo de Gianni Infantino. El presidente de la FIFA salió del Azteca el sábado con la certeza de un niño que encuentra su juguete perdido: México le devuelve el aura mítica al balompié global y él, en retribución, le entrega cinco partidos, una inauguración y todo el poder simbólico que conlleva decirle al planeta que aquí se jugó fútbol antes que en cualquier otro sitio.
Clara Brugada lo sintetizó en una frase que huele a eslogan de campaña y a promesa cumplida: “Estamos listos para recibir al mundo en la ciudad más deportiva”. Lo escribió en X, pero el eco fue de boca en boca en los pasillos de la Casa del Cuetzalan, donde Infantino firmó el acta de nacimiento del legado que dejará el torneo. Movilidad, infraestructura y proyectos socles: la trifecta que convierte un Mundial en coartada para reparar lo que nadie reparó antes.
El azteca se viste de réplica milenaria
El estadio que ya fue testigo de dos finales vuelve a ser el ombligo. El 30 de junio abrirá con México-Sudáfrica, un duelo que suena a aperitivo con sabor a maíz y a baobab. Luego vendrán tres fases de grupos, un dieciseisavo y un octavo de final. La cuenta es simple: siete partidos en 23 días, 78 mil gargantas por noche y una factura de legado que Brugada prefiere no desglosar. “Algunas cosas por mejorar, algunas de los dueños del estadio”, admitió Sheinbaum mientras invitaba a desayunar al líder de la FIFA. Traducción: los baños siguen siendo un museo de los años 70 y los palcos, un relicario de privilegios.
Pero el mensaje ya no depende de los azulejos. Infantino necesitaba una foto y la encontró: la pelota rueda donde hace tres mil años rueda el juego de pelota. La metáfora le queda grande al marketing, pero le calza justa al relato. En la sala de prensa convertida en capilla, el suizo repitió que México “inventó el fútbol” y nadie lo desmintió. Porque aquí la historia se escribe con canicas de goma y se olvida con goles anulados.
El martes Guadalajara robará algo de protagonismo. Congo DR y Jamaica disputarán el penúltimo boleto; horas después, Bolivia e Irak cerrarán la lista. Dos partidos, dos continentes, un mismo escenario: el Akron se convertirá en frontera temporal entre quienes sueñan con la gloria y quienes ya no tienen nada que perder. Mientras tanto, Monterrey espera su turno con el BBVA convertido en olla a presión norteña.

El legado que no se mide en asientos
Lo que quedará no se contará en metros cuadrados. El plan social incluye canchas de césped sintético en Iztapalapa, escuelas de árbitros en Azcapotzalco y un programa de movilidad que promete reducir en 40 minutos el trayecto del Aeropuerto al Centro. Promesas que suenan a campaña electoral, pero que, por primera vez, llegan firmadas por la FIFA y selladas por la Ciudad. El verdadero partido se jugará después del 31 de julio, cuando los reflectores se apaguen y los vecinos descubran si esa promesa de transporte es un autobús o un espejo.
Infantino ya empaquó su sonrisa y volverá en junio. Sheinbaum se queda con la tarea de que el Azteca no sea solo un monumento a la nostalgia. Porque el Mundial no es un fin: es el pretexto para que la pelota siga rodando cuando los turistas regresen a sus casas. Y si algo está claro es que aquí, entre el eco de los 70 y el murmullo de los 86, el fútbol nunca dejó de jugarse. Solo ahora le toca reinventarse otra vez.
