Interceptan en sídney un barco con 4,8 t de cocaína y seis marineros de honduras y ecuador

La sirena del operativo sonó a 180 km de la costa australiana. El buque mercante MV Raider, que meses atrás ya había sido cacheado por la Marina francesa, volvía a transportar cocaína. Esta vez la mercancía no llegó a destino: cinco hondureños y un ecuatoriano quedaron esposados en el puerto de Sídney acusados de conspirar para importar droga a gran escala.

El barco que no logró borrar su rastro

La historia comenzó en enero, cuando unidades antisuperficie francesas localizaron el MV Raider en aguas internacionales del Atlántico. Registraron la embarcación, encontraron 4,8 toneladas de cocaína y, tras incautar el alijo, permitieron que la nave siguiera rumbo a Australia. La decisión despertó suspicacias: ¿por qué dejar en libertad a una tripulación que acababa de ser descubierta con un cargamento mortal? Las agencias de inteligencia marítima activaron entonces la fase de sombra.

Desde ese momento, satélites, avions-patrulla y buques de guerra intercambiaban datos cada seis horas. La vigilancia reveló que el MV Raider había sido modificado en astilleros centroamericanos: doble fondo en bodegas, tanques de lastre trucados y un laboratorio de comunicaciones que emitía señales cifradas cada amanecer. Un técnico de la Policía Federal Australiana (AFP) resume la jugada: «Los estibadores cortaron los planos originales y soldaron compartimentos de acero de 12 mm. Para detectarlos hay que pasar un escáner de neutrones o desmontar la cubierta.»

El 2 de junio el barco emitió un mayday falso. Era la excusa perfecta para que la patrullera ADV Cape Otway se acercara sin levantar sospechas. A bordo, los agentes encontraron restos de clorhidrato de cocaína en el polvo de las escaleras y GPS con rutas que terminaban en «latitud 0, longitud 0», un clásico método para borrar huellas. El mensaje a los narcotraficantes era claro: Australia ya no es un patio trasero sin vigilancia.

Una red que empieza en centroamérica y termina en cárceles de máxima seguridad

Una red que empieza en centroamérica y termina en cárceles de máxima seguridad

Los seis detenidos, todos ellos con licencias de marino mercante expedidas en Puerto Cortés y Guayaquil, ahora enfrentan cadena perpetua si la Fiscalía demuestra que conocían la existencia de los compartimentos. El código penal australiano no se anda con chiquitas: importar más de cinco kilos ya desata la pena máxima. La cifra hallada supera las 4.800 veces ese umbral.

La AFP incautó también 14 teléfonos satelitales, cuatro libretas con códigos binarios y un cuaderno de bitácora que omitía 18 días de navegación. Traducido al español, el último apunte decía: «Si llegamos vivos, cobramos.» La frase resume la lógica del transportista: mera logística, riesgo calculado, pago garantizado en efectivo o en especie en algún puerto del Pacífico.

El caso MV Raider se suma a una oleada de decomisos que asusta por su volumen: 33 toneladas en el Pacífico sur el año pasado, un 60 % más que en 2024. «Las organizaciones usan buques nodriza porque saben que el tiempo les juega a favor —explica un investigador de la agencia Crimen Transnacional—. Cada día que la cocaína está en alta mar, el precio sube 2.000 dólares por kilo.»

Mientras tanto, en los calabozos de Sídney, los seis marineros comparten celda y esperan juicio. La cocaína incautada nunca llegará a las calles de Melbourne ni a los bares de Brisbane. Pero en la costa hondureña ya hay armadores que buscan otro barco, otro tripulante y otra ruta. El negocio solo se detiene cuando el acero de un doble fondo cede ante la luz de un escáner. Hoy esa luz se llamó MV Raider. Mañana tendrá otro nombre, pero la historia será la misma: mercancía, muerte y marineros que se juegan la vida por un billete que quizás nunca cobren.