Irán agradece la ayuda de irak en la guerra contra ee.uu. e israel: una alianza que se remonta a tiempos antiguos

Masud Pezeshkian ha roto el silencio. En un mensaje que cruzó la frontera iraní a la velocidad de un clic, el presidente agradeció a Irak su respaldo en la guerra que, según Teherán, Estados Unidos e Israel desataron contra la República Islámica hace ya más de un mes. No fue un simple saludo diplomático. Fue un reconocimiento público a las milicias proiraníes que, desde Mesopotamia, han disparado contra bases estadounidenses como respuesta a los bombardeos sobre suelo persa.

El gesto de Pezeshkian no es anecdótico. En un conflicto donde los titulares se suceden como ráfagas de metralla, la mención explícita a “los combatientes en Mesopotamia” eleva la apuesta. Irán no solo cuenta con sus misiles y su arsenal: también tiene aliados dispuestos a disparar desde territorio vecino. Irak, otra vez, se convierte en escenario y actor a la vez.

La frontera que no separa, sino une

Lo que nadie cuenta es que la frontera entre Irán e Iraq no es solo una línea trazada por colonias y tratados. Es un cauce cultural que fluye desde el Éufrates hasta el Zagros. Pezeshkian lo sabe. Por eso habló de “historia, identidad y valores religiosos compartidos”. Lo hizo en árabe y en persa. Lo hizo para que nadie olvide que, cuando los drones israelíes surcaron el cielo de Natanz, los escudos no solo se alzaron en Teherán: también en Najaf y en Basora.

La cifra habla por sí sola: desde el 1 de abril, cuando Israel bombardeó el consulado iraní en Damasco, las milicias iraquíes han lanzado más de 120 ataques contra instalaciones estadounidenses en Siria e Irak. No lo hacen por dinero. Lo hacen por una deuda que viene de 1980, cuando Saddam Hussein invadió Irán y miles de iraquíes chiíes lucharon junto a los persas. Aquella guerra dejó un sillón vacío en cada casa de Qoms y Kerbala. Hoy, esos sillones se llenan con uniformes de Kataeb Hezbollah y Harakat al Nujaba.

Bagdad, entre el fuego y el compromiso

Bagdad, entre el fuego y el compromiso

El gobierno iraquí no ha firmado ningún tratado de defensa con Teherán. Pero tampoco ha detenido a los comandantes que dirigen los drones desde la periferia de Bagdad. La capital iraquí juega una partida de ajedrez con tres tableros: Washington aprieta con sanciones, Teherán reclama lealtad y sus propios ciudadanos exigen pan y electricidad. En este tablero, el mensaje de Pezeshkian es una torre que acaba de cruzar el tablero sin pedir permiso.

La respuesta estadounidense no se ha hecho esperar. Un portavoz del Pentágono advirtió ayer que “cualquier ataque desde territorio iraquí será considero una agresión directa”. La amenaza suena a disco rayado: desde 2003, cada presidente de EE.UU. ha prometido que Irak sería una plataforma de paz. Lo que queda es una base en Ain al Assad que recibe morteros cada luna nueva.

El viernes, cuando los creyentes se arrodillen en las mezquitas de Isfahán y Kerbala, los imanes recitarán la fatiga de un pueblo que no ha tocado la paz desde hace cuarenta y cinco años. Algunos lo harán en persa, otros en árabe. El idioma cambia, la herida es la misma. Y mientras los altavoces suenen, un dron despegará desde algún olivar de Diyala con rumbo a una base que, en teoría, ya no debería estar allí.

El agradecimiento de Pezeshkian no es retórica: es una factura que Teherán acaba de pasar a sus vecinos. Irak, convertido en parapeto, no puede devolverla. Solo puede reenviarla, con pólvora y versículos, al otro lado del desierto. La guerra, como los ríos de Mesopotamia, sigue buscando su cauce. Y nadie ha encontrado aún donde desembocará.