Irán apriega el grifo mundial: solo 5 petroleros logran cruzar ormuz
El Estrecho de Ormuz, arteria por la que cada día viajaban 18 millones de barriles, ha quedado reducido a un hilo: apenas cinco buques logran cruzar las 21 millas de aguas iraníes. El resto paga, se esconde o directamente desaparece del GPS. Desde que el 28 de febrero Teherán declaró la zona «corta de suministros», el tránsito se ha derrumbado un 94 %. El golpe no es solo para los jeques; cualquier surtidor de Madrid o Tokio notará el efecto en la próxima factura.
El peaje de los 2 millones que nadie quiere hacer público
Los capitanes que aún se atreven a surcar el estrecho reciben un mensaje cifrado: 2 millones de dólares en monedas digitales o yuanes, por favor. La Guardia Revolucionaria entrega el código QR, el barco pasa. Es la coima mejor guardada del planeta energético y, paradójicamente, la más cara: cada día que Ormuz permanece semiabierto eleva el Brent un par de dólares y empuja a la inflación global. La National, medio emiratí, fue el primero en destapar la lista de «clientes»; Washington lo confirmó entre dientes. Ni siquiera la OPEP se atreve a publicarlo en sus informes mensuales.
Arabia Saudita y los Emiratos, los únicos que anticiparon el cerco, ya respiran por tubo. El oleoducto East-West saudita bombea hasta Yanbu, en el Mar Rojo, y el Adcop emiratí desemboca en Fujairah, ambos fuera del alcance inicial de los misiles iraníes. Pero la distancia no es escudo: Fujairah ha sufrido tres drones en lo que va de mes y Yanbu perdió dos días de carga tras un impacto cerca de la terminal. La realidad operativa ronda los 5 millones de barriles diarios, lejos de los 12,5 que Riad puede producir. El resto se queda en tierra, en depósitos que parecen gigantescos tanques de gasolina a la espera de un chispazo.

El plan b que cuesta 10.000 millones y no alcanza para todos
Duqm, en Omán, es la palabra que empieza a sonar en los consejos de ministros. El proyecto de un nuevo ducto hasta ese puerto ya tiene los estudios de prefactibilidad: 10.000 millones de dólares, construcción de 700 km y un plazo de cinco años si nadie dispara durante la excavación. Kuwait y Catar observan con envidia: carecen de salida al mar exterior y dependen de que Riad les abra su red. El chantaje es doble: si los saudís cierran la llave, los precios se dispara en sus arcas; si la abren demasiado, comparten el mercado y los ingresos se reducen. El dilema resume la nueva geografía del petróleo: vecinos unidos por el desierto, separados por el dólar.
Irak, por su parte, ofrece su viejo corredor hacia Turquía y estudia reabrir el ramal a Aqaba. Bagdad quiere tarifar cada barril que cruce su suelo, pero Teherán, con milicias a pocos kilómetros de las válvulas, puede convertir ese sueño en un pipa volada. La última vez que un ministro iraquí habló demasiado pronto de rutas paralelas, un dron cayó sobre la central de Basora. El mensaje fue claro: cualquier ducto que desvie crudo del Golfo es blanco legítimo.
El cierre deja al descubierto una verdad incómoda: la red mundial de energía sigue siendo frágil a pesar de los discursos sobre transición. Mientras los gobiernos prometen autos eléctricos, 80 % del transporte global aún depende del crudo que flota por Ormuz. El costo de la indiferencia ya se mide en números redondos: cada semana de bloqueo resta medio punto al PIB mundial, según cálculos de Qamar Energy. La próxima vez que llenes el depósito y el surtidor marque 2,10 € el litro, recuerda: en algún punto del Golfo, un capitán acaba de pagar su peaje digital y alguien, muy lejos, está contando los minutos antes de que el siguiente misil lo atrape.
