Irán cumple 30 días de guerra mientras cuba se apaga y apple celebra 50 años
Hace justo un mes, los misiles iraníes cruzaban el cielo de Oriente Medio como una constelación de muerte. Hoy, tres décadas después del primer impacto, la guerra sigue sin techo ni suelo: Trump habla de paz desde Washington y Teherán cierra el Estrecho de Ormuz con buques fantasmas. Mientras tanto, en La Habana, los cubanos llevan más tiempo a oscuras que con luz y un petrolero ruso navega hacia ellos como un salvavidas de crudo que nadie sabe si alcanzará a agarrar.
El sur global se desangra en silencio
Lo que no se ve en los titulares es el mapa de corte de luz que se extiende desde Centroamérica hasta el Cono Sur. En Puerto Príncipe, Gran Grif acaba de masacrar a 70 personas y nadie ha contado aún cuántos niños faltan. En Buenos Aires, el INDEC anunciará este martes que la pobreza supera el 31 % y los argentinos ya no preguntan si comerán, sino a qué hora. En Lima, 36 candidatos presidenciales discuten en televisión mientras el Perú entero se pregunta quién de ellos recuerda que fuera de estudio la inflación come cuentas bancarias.
La ironía es brutal: cuando Artemis II se prepara para orbitar la Luna mañana, en Darfur los médicos de MSF denuncian violaciones sistemáticas que ya llevan tres años sin nombre. El mismo planeta que celebra los 50 años de Apple —esa manzana que nació en un garaje y ahora controla nuestros latidos— contempla cómo Haití se hunde en barrios enteros sin Estado. La tecnología avanza, la barbarie también.

La religión se reza con botas de combate
En Jerusalén, el Patriarcado Latino anuncia cómo se celebrará la Pascua entre retenes y alambre. La última cena tendía escolta de fusiles. En La Habana, las iglesias protestantes terminan hoy su visita a una isla donde rezar requierte primero encontrar una antena de telefonía que funcione. La fe se ha vuelto un ejercicio de resistencia eléctrica.
Lo que nadie cuenta es que el domingo próximo, cuando Bolivia juegue contra Irak por un cupo al Mundial 2026, los 90 minutos de la cancha serán el único territorio donde la derrota no signifique muerte. Afuera, en Asunción, las familias amasan chipás para la Semana Santa como quien construye un dique contra el hambre. El almidón de yuca es el último baluarte contra la inflación que devora el Mercosur.
En Brasilia, Lula despide a la mitad de su gabinete: los ministros se lanzan a la campaña dejando tras ellos un país que preguntará hasta octubre quién gobierna mientras ellos prometen. En Caracas, la primera visita europea tras la captura de Maduro huele a aceite recalentado: Portugal reabre la puerta que Trump entreabrió y Delcy Rodríguez sonríe ante la cámara como quien acaba de encontrar un salvavidas de petróleo y votos.
El mundo celebra estrenos: Super Mario Galaxy llega al cine el mismo día que Grace, en Miami, descubre que sobrevivir a su boda fue solo el primer nivel de una cacería familiar sin fin. Mientras tanto, en La Viga, el mercado de pescado más grande de América Latina, mexicanos negocian precios de mojarra como quien regatea segundos de aire. La Cuaresma se mide en pesos por kilo y la tradición pesa más que la nevera vacía.
La agenda sigue llena: mañana habrá otra guerra, otra cifra de pobreza, otro cohete a la Luna. Pero hoy, mientras escribo esto, 30 días de conflicto en Irán han dejado de ser una fecha para convertirse en un espejo. Refleja nuestra capacidad de mirar hacia otro lado mientras el planeta se apaga por zonas, mientras un cargamento de petróleo ruso navega como única esperanza y mientras, en algún garaje olvidado, alguien ya está inventando el próximo apagón que nadie verá venir.
