Irán desmiente bombas de racimo y contraataca: “israel viola el derecho de guerra”

Teherán no se anda con eufemismos. A las nueve de la mañana del lunes, mientras el portavoz del Ministerio de Exteriores, Ismail Bagaei, subía al estrado, Israel llevaba 48 horas difundiendo imágenes de supuestos restos de municiones iraníes que “estallan como racimo” sobre el norte del país. Bagaei lo calificó de “mentira descarada” y, sin leer ni una nota, soltó la frase que ya circula por las embajadas: “Si alguien ha convertido la guerra en un desguace de convenciones humanitarias, ese es Tel Aviv”.

De racimo a múltiples ojivas, la guerra de los nombres

El quid no es si Irán atacó —lo hizo, y lo admitió—, sino cómo lo hizo. Las bombas de racimo abren en pleno vuelo y riegan docenas de submuniciones que explotan meses después; están prohibidas por el tratado de Oslo desde 2008. Irán, que no firmó ese tratado, insiste en que sus Shahed-136 llevan cabezas múltiples, no racimo: cada ojiva se separa en el último segundo para maximizar daño sobre un solo objetivo, no para sembrar cadáteres futuros. Bagaei lo resume así: “Ojivas selectivas, no regalos de muerte retrasada”.

El truco legal es fino, pero funciona. El derecho internacional prohíe las municiones que “se dispersan indiscriminadamente”; si el misil apunta a una base aérea y despliega sus ojivas dentro de un radio de 50 metros, técnicamente no es racimo. Lo que nadie aclara es que, en territorio israelí, 50 metros pueden incluir un kibutz entero.

El contraataque diplomático de teherán

El contraataque diplomático de teherán

Mientras Bagaei hablaba, su equipo repartía a la prensa un dossier de 22 páginas con fotos de niños palestinos heridos por “fragmentación M85” —una submunición israelí— y capturas de pantalla de Twitter donde la cuenta del ejército hebreo califica a Irán de “terrorista racimista”. El portavoz ironizó: “Para Israel, un misil con seis ojivas es racimo; para nosotros, un racimo con seis vidas es holocausto”. La metáfora cruje, pero en la sala nadie se atrevió a interrumpir.

La jugada tiene doble filo. Irán necesita desviar la atención de su propio arsenal —estima Jane’s que almacena 3.000 misiles de ojivas múltiples— y, al mismo tiempo, reivindicarse como víctima de un doble rasero: Occidente calla cuando Israel usa racimo en Líbano 2006 o en Gaza 2008, pero se escandaliza cuando Irán devuelve el golpe. Bagaei lo sintetizó con una cifra que resonó en la sala: “Desde 2020, Israel ha lanzado 1.400 racimos; Irán, cero según vuestros propios informes”. La cifra no es verificable, pero no necesita serlo: ya forma parte del relato.

El silencio que viene después

Al terminar, el portavoz se guardó la carpeta y se detuvo a mitad de pasillo. Un periodista francés le preguntó si Irán aceptaría una inspección internacional de sus restos de misil. Bagaei sonrió: “Inviten también a los que diseccionan los racimos israelíes. Ah, ¿que no quedan restos? Exacto”. Se dio la vuelta y desapareció entre cámaras. Quedó el eco de una guerra que ya no se gana con explosiones, sino con sinónimos.