Irán ejecuta a dos opositores y prepara una ola de sangre bajo la excusa de la guerra

Teherán ha vuelto a abrir la válvula. Esta vez fueron Akbar Daneshvarkar y Mohamad Tagavi Sangdeh, colgados al amanecer tras meses de celdas de aislamiento, torturas y juicios sin abogado. La acusación: rebelión armada por pertenecer a la MEK, la organización que el régimen odia más que a cualquier ejército extranjero.

El patrón que nadie quiere ver

La ONG Iran Human Rights, desde su exilio en Oslo, advierte lo que viene: una racha de ejecuciones camuflada bajo el ruido de los misiles. El director, Mahmoud Amiry Moghaddam, lo ha dicho claro: «La guerra es cortina de humo; el objetivo real es el disenso interno». En apenas diez días, Irán ha ahorcado a cinco presos políticos. El 19 de marzo fueron tres; este lunes, dos más. El ritmo es escalofriante: un cadáver cada 48 horas.

La fórmula se repite. Arrestos exprés en enero y febrero, confesiones bajo paliza, juicios exprés y la horca antes de que la comunidad internacional abra los ojos. A Daneshvarkar y Sangdeh les negaron hasta la llamada familiar de despedida. Su único delito fue militar en una celda que no reconoce al ayatolato.

1.500 Vidas en 2025: récord de silencio

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Mientras Occidente debate sanciones, Irán ya ha superado su propio récord: 1.500 ejecuciones en tres meses, un 50 % más que en todo 2024. La cifra es oficial de la ONU, aunque en Teherán ni la mencionan. El país que más colga del planeta lo hace ahora más rápido que nunca, y casi siempre en horas intempestinas, cuando los cronistas duermen y las redes están distraídas con el siguiente video de drones.

La advertencia de IHR es tajante: si la comunidad no rompe el silencio, la lista crecerá. El régimen ha convertido la horca en su arma de disuasión preferida antes que cualquier negociación nuclear. Y mientras, el mundo sigue mirando al cielo buscando aviones, no a las cárceles donde se apagan vidas.

Irán no teme una guerra exterior; la que le aterra es la que nace dentro. Con cada cuerpo que balancea, el mensaje es el mismo: «Rebelarse cuesta lo que cuesta». La respuesta, esta vez, no llegará de la comunidad internacional. Llegará de cuántos estén dispuestos a seguir gritando después de ver colgar a los suyos.