Irán entierra a su segunda médica de la media luna roja: el ataque aéreo que nadie reivindicó

Somayeh Mir Abo Eshagh vestía el chaleco blanco cuando la explosión la alcanzó en plena calle de Khansar. La médica, psiquiatra de 38 años y voluntaria desde 2019, murió el viernes mientras repartía kits de primeros auxilios y escuchaba a niños que aún sueñan con los drones.

La Federación Internacional de la Cruz Roja confirmó su deceso este lunes, pero omitió quién pilotaba el avión que lanzó el proyectil. En Irán no hace falta: la provincia de Isfahán alberga instalaciones nucleares y talleres de transformación de uranio, y desde eniente los ataques «selectivos» se han multiplicado sin que Teherán logre frenarlos.

El emblema que ya no protege

El emblema que ya no protege

El protocolo I de Ginebra garantizaba la inviolabilidad del símbolo de la Media Luna Roja. Sin embargo, Abo Eshagh es la segunda integrante de la sociedad iraní asesinada en cinco meses. La primera cayó en Zahedan, frontera con Pakistán, durante un tiroteo entre guardias revolucionarios y insurgentes baluchis. Ahora suman nueve los voluntarios muertos en 2024 en todo el planeta: Sudán, Ucrania, Afganistán, Myanmar y, desde ayer, Irán.

El escenario se repite: hospitales de campaña convertidos en diana, ambulancias que regresan con huecos de metralla, familias que reciben el féretro envuelto en la bandera de la Media Luna Roja en vez de la nacional. La diferencia es que, en Khansar, ni la televisión árabe ni la occidental emitieron imágenes del impacto. Solo circulan vídeos de vecinos que gritan «doctora, doctora» mientras el humo aún flota sobre la avenida Modarres.

La federación reclamó «una investigación independiente» y recordó que «todo ataque contra personal sanitario constituye crimen de guerra». Pero las palabras se estrellan contra un veto diplomático: el Consejo de Seguridad no ha logrado condenar un solo ataque contra personal humanitario desde que Rusia invadió Ucrania. El paréntesis legal se agranda.

En Teherán, el ministerio de Sanidad prometió una estatua «en cada facultad» y aumentó la prima de riesgo para los voluntarios. El gesto suena a pagar la factura de una guerra que no se quiere nombrar. Mientras tanto, en los grupos de Telegram de los socorristas persas circula una frase que Abo Eshahab escribió el mes pasado: «Nuestra única arma es la gasa, y aún así nos disparan».

La cifra habla por sí sola: desde 1984, la Media Luna Roja iraní ha perdido 47 miembros en actos de violencia. La mitad murieron en los noventa, durante la guerra contra Iraq. La otra mitad, en los últimos quince años. Cada nuevo ataúd blanco con media luna roja cosida obliga a contar de nuevo la historia: la de un país que exporta drones y al mismo tiempo los recibe, la de una médica que murió curando heridas que nadie se atreve a sanar.