Irán guarda uranio para diez bombas y el mundo mira a grossi
Rafael Grossi ha dicho la frase que nadie quería oír: el uranio enriquecado que Irán atesora en Isfahán alcanza para fabricar más de diez armas nucleares. La cifra, lanzada en prime time por CNN, cae en medio de un Medio Oriente que lleva cuarenta días de fuego y de un plan de paz de quince puntos que Washington entregó a Teherán con la arrogancia de quien cree que un documento puede detener un reactor.
La diplomacia en la cuerda floja
El director del OIEA, argentino y candidato a suceder a Guterres, habla con la voz cansada de quien ha pasado demasiadas horas en salones sin ventilación. Reconoce que los bombardeos del año pasado dejaron «daños enormes» en Natanz, Fordow e Isfahán, pero deja entrever lo que los mapas militares callan: quedan centrifugadoras vivas, túneles que no colapsaron, científicos que no murieron. «Lo que se aprende no se puede desaprender», sentencia, y en esa frase se resume el fracaso de una década de sabotajes y ciberataques.
La Casa Blanca exige ahora desmantelar todo, entregar el uranio y olvidarse del 60 % de pureza. Irán responde que el Tratado de No Proliferación le permite enriquecer. Grossi se encoge de hombros: «El derecho al enriquecimiento no existe per se; existe el derecho a usar la energía nuclear bajo verificación». Entre ambas afirmaciones se abre un abismo que solo se salva con papel: un acuerdo que regrese a los inspectores, que sellen de nuevo los cilindros, que cuenten cada gramo de hexafluoruro.

El conocimiento que sobrevive a la bomba
Lo que atemoriza a los servicios de inteligencia no es solo el stock, sino la velocidad de reconstrucción. Grossi lo dice con la precisión de un contador: la tecnología de centrifugadoras puede replicarse en talleres dispersos, con componentes que no figuran en ninguna lista de exportación. «Dominan la metodología», advierte, y esa frase suena a sentencia de un tribunal que se reúne en Viena pero juzga un taller clandestino de Karaj.
Trump cree que quince puntos bastan; Israel que una escuadrilla de F-35 lo resuelve; Irán que el tiempo juega para ellos. Mientras tanto, los inspectores del OIEA llevan once meses sin pisar Natanz. «La última vez que sellamos cilindros fue en junio», recuerda Grossi. Desde entonces, el uranio ha crecido como una deuda que nadie quiere pagar.
La entrevista termina y el diplomático se quita el micrófono. Zakaria le pregunta si Irán es un interlocutor fiable. Grossi sonríe con ironía cansada: «Defienden sus intereses, como todos. El problema es que sus intereses ahora incluyen material para diez bombas». La cámara se apaga, pero la cuenta atrás sigue corriendo en algún sótano bajo tierra, donde las centrifugadoras zumban al ritmo de un reloj que no marca horas, sino kilotones.
