Irán impacta un petrolero kuwaití en dubai y enciende la mecha del estrecho de ormuz

Un proyectil iraní atravesó la madrugada del martes el casco del Um Al-Rich, petrolero bandera kuwaití que descansaba en el puerto de dubai cargado hasta los topes de crudo. El impacto —el primero contra un buque mercante en aguas emiratíes desde que estalló la guerra regional— provocó un incendio y abrió varias brechas en los tanques que la Corporación Petrolera de Kuwait no logró precisar si contienen ya un derrame.

La tripulación salió ilesa, pero el mensaje es claro: Teherán puede tocar el 20 % del petróleo mundial cada vez que aprieta el gatillo. Desde que Washington y Tel Aviv bombardearon Irán el 28 de febrero, la agencia británica UKMTO contabiliza 24 incidentes en el tramo que une el golfo Pérsico con el mar de Omán; 16 de ellos, proyectiles que han encontrado blanco en buques comerciales.

El estrecho que paraliza al mundo

Ormuz mide 33 km de ancho en su punto más estrecho y, sin embargo, bastan dos segundos de vuelo para que un dron iraní ponga en jaque a las mayores economías. El ataque al Um Al-Rich se produjo a las 03:42 hora local, cuando el petrolero había completado la operación de carga y solo aguardaba la autorización para zarpar rumbo a Rotterdam. La explosión fue tan precisa que dañó solo los compartimentos 5 y 6, donde descansaban 140 000 barriles de crudo liviano. La compañía asegura que el fuego está «controlado», pero los satélites de la NOAA detectan una mancha de 4 km que avanza hacia las playas de Ras al-Jaima.

Lo que nadie cuenta es que el buque llevaba a bordo una partida de nafta catalítica valorada en 8 millones de dólares y destinada a la refinería de Wilhelmshaven, en Alemania. Si el hidrocarburo se mezcla con la salmuera del golfo, se perderá irrecuperablemente y las plantas químicas europeas tendrán que racionar suministros de gasolina para el mes que viene.

La cadena de miedo se extiende

La cadena de miedo se extiende

Los armadores reaccionaron antes que los gobiernos. Frontline y Euronav desviaron ayer mismo ocho superpetroleros hacia el cabo de Buena Esperanza, añadiendo 18 días de ruta y 900 000 dólares diarios de coste. La curva del Brent saltó 3,4 % en la apertura de Singapur y el premio por enviar un cargamento desde Arabia a Houston se duplicó: 5 millones de dólares por buque. La cifra habla por sí sola: cada vez que Irán apunta, el mundo paga más por llenar el depósito.

En el puerto de Fujairah, a 70 millas del impacto, los capitanes rechazan salir sin escolta. La marina estadounidense ha desplegado dos destructores, pero los seguros solo cubren pasar el estrecho si van acompañados de buques de guerra. La tripulación filipina del Seaways Rubymar, que zarpó anoche, grabó un vídeo despedida por si no regresa. El miedo ya navega de puerto en puerto.

Irán juega al ajedrez con vidas de plomo

Desde Teherán no llegan condenas ni confirmaciones, solo silencio calculado. Cada misil es una respuesta al ataque israelí que destruyó parte de sus instalaciones nucleares en Natanz. Pero hay un detalle que los analistas ignoran: los proyectiles empleados en los últimos días son Fajr-4, cohetes costeros de 320 kg de cabeza que Irán reservaba para objetivos militares. Emplearlos contra petroleros implica que el país ha decidido que el daño económico global vale más que la precisión estratégica. Traducción: cuanto más sufre Occidente, más rápido cederá.

La OMI calcula que 450 000 marinos pasan cada año por Ormuz. Muchos son indios, pakistaníes o filipinos que ganan 1 200 dólares mensuales y duplican su sueldo si aceptan rutas de riesgo. Ahora piden prima de guerra: 300 dólares extra por día. La tripulación del Um Al-Rich ya ha sido evacuada a un hotel de dubai, pero su capitán —un veterano de 59 años— se negó a abandonar el puente hasta que sellaron los tanques. «Mi barco es mi casa», dijo al jefe de operaciones. La compañía levantó acta: si insiste en volver al mar, perderá la licencia.

La partida sigue abierta. El próximo movimiento puede ser un minado masivo, un secuestro o, peor, un derrame que bloquee el estrecho durante semanas. Mientras tanto, los surtidores de Madrid y Los Ángeles siguen llenos, pero cada litro cuesta diez céntimos más que ayer. Y la factura, avisa el mercado, solo acaba de empezar a subir.