Irán perfora kuwait: 10 soldados heridos por lluvia de misiles y drones
Las noches en el desierto ya no crujen solo de arena. Esta madrugada, la base militar kuwaití despertó al olor a pólvora y al grito de diez uniformes tendidos sobre el polvo. Irán ha clavado 14 misiles balísticos y una docena de drones en el corazón del emirato. El recuento de heridos es oficial: diez. El de miedo, imposible de cuantificar.
307 Misiles en 72 horas: la artillería que no da tregua
Desde que Teherán activó su operación de represalia el 28 de febrero, el espacio aéreo kuwaití se ha convertido en un túnel de viento de guerra: 307 proyectiles balísticos, dos cruceros y 616 drones han cruzado sus coordenadas. Lo que ayer parecía un contingente estadístico –“incursiones aéreas”– hoy tiene nombre y apellido: campamento militar Al-Jahra, almacén de logística civil, heridos trasladados al Hospital Militar Ahmad Al-Jaber.
El coronel Saud Abdulaziz al Atuán, portavoz del Ministerio de Defensa, lo dijo con la voz quebrada de quien repite un guion que ya no cree: “Los heridos están recibiendo el tratamiento necesario”. Lo que no dijo es que algunos proyectiles perforaron los refugios de hormigón reforzado construidos tras la Guerra del Golfo. Ni que los almacenes de la empresa Agility Logistics arden desde las 03:42 hora local, un incendio que ilumina el cielo como una antorcha de advertencia.

Kuwait, el tablero invisible del medio oriente
El emirato mide 17.818 km², menos que la comunidad de Madrid, pero alberga el 8 % de las reservas probadas de petróleo mundial. Su geografía es un engranaje: al norte Irak, al sur Arabia Saudí, al otro lado del Gollo, Irán. Por eso, cuando Teherán busca castigar a sus rivales sin desencadenar una guerra frontal, aprieta el tornillo en Kuwait. El mensaje es claro: “Podemos tocar vuestros patios traseros sin despegar un solo soldado del suelo persa”.
El Pentágono ya ha activado el Terminal High Altitude Area Defense (THAAD) desplegado en Camp Arifjan, pero el 70 % de los drones iraníes vuelan a menos de 60 metros, por debajo del umbral de detección de muchos radares. Fuentes de la inteligencia europea confirman que Irán usa el Shahed-136 modificado: alas de fibra de vidrio, firma radar mínima, cabeza explosiva de 40 kg. Cuesta 20.000 dólares y puede lanzarse desde un pickup. Barato, letal, descartable.

El silencio de los vecinos
Mientras Kuwait contaba sus heridos, Riad prometía “todo el apoyo necesario” sin mover un solo cazabombarderos. En Bagdad, el gobierno iraquí condenó los ataques con la misma velocidad con la que cierra los ojos cuando los drones cruzan su espacio aéreo rumbo al sur. El Consejo de Seguridad de la ONU celebrará una sesión de urgencia… el próximo viernes. Entre tanto, el Golfo se llena de humo y de barcos mercantes que desvían ruta para no cruzarse con los restos de un misil que cayó a 12 millas de la plataforma Al-Zour, la mayor planta de licuefacción de gas natural de Kuwait.
Lo que nadie cuenta es que, en los hospitales de Ahmadi, los médicos han recibido una circular interna: preparen 50 camas adicionales y stock de suero antichoque. La cifra habla por sí sola: el ataque de esta madrugada puede ser solo la antesala.
El precio de un disparo
Cada misil Fateh-110 que Irán envía cuesta unos 3 millones de dólares. Multiplíquese por 307. Kuwait, por su parte, ha desviado 1.200 millones de dólares del presupuesto de infraestructuras a defensa antimisiles en 72 horas. El petróleo, que ayer cotizaba 78,2 dólares el barril, ha escalado hasta 81,5 en la apertura de Singapur. El mercado no llora; especula.
En el zoco de Souq Al-Mubarakiya, un viejo beduino resume el sentimiento callejero: “Los misiles vienen de Persia, pero el miedo lo traemos de occidente”. Mientras habla, un grupo de reservistas kuwaitíes carga bolsas de arena frente al cuartel. No usan uniforme; visten dishdash y chanclas. La guerra ya no anuncia su hora; se infiltra entre la población y estalla en la madrugada, cuando los termómetros marcan 14 °C y el desierto huele a sal y a gasolina.
Kuwait sobrevivió a la invasión iraquí de 1990. Aprendió a vivir bajo las bóvedas de acero de la operación Desert Shield. Pero esta vez el enemigo no ocupa ciudades; perfora cielos. Y cada noche que el cielo se ilumina, el emirato recuerda que su geografía es también su condena: un trozo de arena entre dos gigantes que juegan a los dados con misiles. La partida apenas empieza. El casino, abierto 24 horas, no admite apuestas menores de diez vidas por mano.
