Irán reta a ee.uu.: 'convertiremos a sus soldados en cebo para tiburones'
El golfo Pérsico ya huele a sangre. No es metáfora: el portavoz militar iraní Ebrahim Zolfaqari ha prometido este domingo convertir a los soldados estadounidenses en pasto de tiburones si Washington decide pisar suelo persa. La amenaza, lanzada en directo por la televisión estatal IRIB, sube el volumen del conflicto hasta niveles de película de serie B. pero con armas nucleares de fondo.
Un reto con cronómetro
«Estamos contando los minutos para aniquilar vuestro ejército», ha gritado Zolfaqari ante una multitud de oficiales que coreaban consignas contra «el Gran Satán». El mensaje viene a cuento de los rumores que circulan en Washington: varios asesores del presidente Donald Trump habrían esbozado un supuesto plan de incursión terrestre limitada para tomar instalaciones nucleares iraníes. Desde Teherán contestan que eso sería un suicidio. «Los comandantes estadounidenses serán troceados y lanzados al mar», ha añadido el portavoz, mientras la cámara enfocaba un mural con misiles apuntando a la Estrella de David y a la bandera de EE.UU.
Lo que nadie cuenta es que el discurso se ha emitido justo cuando el portaaviones USS Harry S. Truman atraviesa el estrecho de Ormuz. La Armada estadounidense no ha hecho declaraciones, pero fuentes de la coalición naval en Bahrén confirman que los buques de guerra han aumentado la distancia de escolta de dos a cinco millas náuticas. El miedo escuece.

La trampa del diálogo
Mientras Zolfaqari promete cadáveres, el presidente del Parlamento iraní, Mohamad Baqer Qalibaf, añade leña. Ex comandante de la Guardia Revolucionaria —y hombre fuerte del ala ultraconservadora— ha advertido que las recientes señales de apertura de Washington son una cortina de humo. «Dicen que quieren negociar, pero en la sombra preparan tanques», ha declarado. La lógica es perversa: cuanto más hablen de diplomacia, más cerca estará la trinchera.
Qalibaf ha prometido «castigar para siempre» a los aliados regionales de EE.UU. si se atreven a ceder bases para la invasión. La lista es corta pero rica en petróleo: Arabia Saudí, Emiratos, Baréin. Todos tienen bases estadounidenses. Todos han recibido este domingo un mensaje cifrado de Teherán: «Vuestras costas también serán tiburonerías».

El manual de la provocación
Irán juega una partida que conoce de memoria. En 1980, Saddam Hussein invadió su territorio creyendo que la revolución islamica había dejado al país sin defensas. Ocho años después, un millón de muertos y ningún centímetro perdido. «Estudien la historia de Irán», ha zanjado Zolfaqari. La frase huele a libro de texto, pero el subtexto es clarísimo: si EE.UU. entra por tierra, encontrará una guerra de desgaste, minas en carreteras, misiles antibuque y milicias dispuestas al martirio.
El Pentágono, por ahora, desmiente planes ofensivos. «Nuestra postura es defensiva», ha dicho un portavoz bajo condición de anonimato. La cifra habla por sí sola: 60.000 soldados estadounidenses están desplegados en la región, el doble que hace un año. El despliegue más rápido desde la invasión de Irak en 2003.
En las calles de Teherán, la gente ha despertado con los altavoces de las mezquitas difundiendo el discurso de Zolfaqari. Algunos se ríen. Otros encienden la tele para ver si esta vez el tigre de papel de Trump da el paso fatal. En el bazar, un vendedor de especias resume el sentimiento: «Que vengan. Los tiburones también tienen que comer». La broma no disimula el temblor de la mano que sirve el té.
El sol se pone sobre el golfo y las fragatas estadounidenses encienden luces de combate. En Irán, los relojes militares marcan cuenta regresiva. El cebo ya está en el agua. Falta saber quién morderá primero.