Irán sella el estrecho, hizbulá se desangra y el mundo ya huele a pólvora

En el día 30 de la guerra que nadie se atrevía a nombrar, el Golfo Pérsico ha dejado de ser una vía marítima para convertirse en un cerco. Irán despliega buques de guerra frente a Ormuz y Washington responde con portaaviones. Entre medias, el petróleo se encarece tres dólares en una hora y el Hizbulá intenta contener en el sur del Líbano un avance israelí que ya huele a 2006, pero con drones en vez de tanques.

El estrecho que paraliza al planeta

La Armada iraní no ha “ocupado” Ormuz; lo ha “normalizado”. Desde el viernes, todo buque que entre en el Golfo debe radio antes su bandera, tonelaje y puerto de destino. Quien no responda, pasa a ser “objetivo militar”. La Guía Revolucionaria ni siquiera disimula: “El control del estrecho es ahora una cuestión de soberanía, no de negociación”. Traducción: el 20 % del crudo mundial pasa por una autopista con peaje revolucionario.

Donald Trump tuitea un vídeo de un portaaviones lanzando F-18 y promete “respuesta contundente”. Pero en el Pentágono ya calculan: cada día de cierre eleva el barril cinco dólares y suma 0,3 puntos a la inflación en Europa. La UE, que compra por mar el 12 % de su gasolina, ha activado el plan Apolo: reservas estratégicas y racionamiento selectivo de combustible en Italia y Grecia. La factura llegará después de Semana Santa, cuando los españoles llenen el depósito para la vuelta.

Líbano: la guerra que vuelve a ser vecina

Líbano: la guerra que vuelve a ser vecina

Mientras tanto, en los pueblos del sur del Líbano, los altavoces de las mezquitas han dejado de llamar a la oración y avisan de drones israelíes. El Ejército de Israel avanza por la llanura de Marjayoun y el Hizbulá responde con cohetes Kornet que ya no alcanzan tan lejos: la cadena de montes que antes les servía de parapeto hace diez días que está calcinada. Fuente militar libanesa confiesa: “Nos quedan dos semanas de munición y muchos cadáveres sin nombre”.

El balance de la ONU habla de 37.000 desplazados en cinco días, pero la cifra es un eufemismo: los que pueden huir ya lo hicieron en octubre. Quedan los ancianos que sellaron sus casas con alambre de espino y los milicianos que no tienen pasaporte. En Beirut, el precio del pan subió 40 % y el del diesel, 70. La noche huele a generador y a cuerpo sin refrigeración.

Gaza: la agencia que se despidió antes de que la echen

En Ginebra, Philippe Lazzarini cierra la puerta de la UNRWA con la misma parsimonia con la que un capitán abandona el barco cuando ya hay agua hasta las rodillas. “Hemos pasado de 1,3 millones de desplazados a 2 millones en cuatro meses”, dice antes de entregar las llaves. Israel exige la disolución de la agencia; EEUU congela 300 millones y la UE se niega a cubrir la mitad. Resultado: 450.000 niños palestinos dejarán de recibir clases en mayo. La primera gran crisis humanitaria del conflicto iraní no será en Irán, sino en los campamentos donde ya no hay campamentos.

Cuba: el apagón que dura más que la luz

La isla recibe hoy el petrolero ruso Anatoli Kolodkin con 700.000 barriles de crudo, pero el crudo no sirve si no hay turbinas que funcionen. Desde febrero, el servicio eléctrico promedia 9 horas diarias; el apagón, 15. El 48 % de las antenas de telecomunicaciones se apagan con la corriente, lo que deja a 5 millones de cubanos sin datos móviles justo cuando Miami lanza su operación de desinformación rusa en español. La ironía: el barco que trae energía llega a un país que ya no puede encender la bomba para repartirla.

El mundo en 24 horas, en una frase

Mientras la NASA prepara el regreso a la Luna y Apple celebra 50 años de dominar la Tierra, en Ormuz el petróleo se cotiza en vidas, en el Líbano la frontera se mide en cadáveres y en La Habana el siglo XXI se apaga a las 6 de la tarde. La próxima factura no será diplomática: será el precio del litro de gasolina en Valladolid cuando regresemos de Semana Santa.