Irán ya no puede fabricar misiles: ee.uu. e israel dejan su arsenal hueco en cuatro semanas
La maquinaria de guerra iraní se tambalea. En apenas un mes, Washington y Tel Aviv han convertido cuatro plantas de combustible para misiles balísticos en ruinas humeantes y sellado con bombas 29 bases de lanzamiento. El resultado: Teherán puede seguir disparando, pero ya no puede reponer.
El combustible que nunca más volará
Sin polvora no hay cohete. El complejo de Khojir, el corazón del programa de propelentes sólidos, amaneció el 24 de marzo con 88 estructuras convertidas en escombros. Shahroud, Parchin y Hakimiyeh repiten la fotografía: techos derruidos, tanques de combustible líquido abiertos como latas y tuberías retorcidas que parecen cables de un gigante electrocutado.
Los satélites no mienten. Las imágenes que circulan entre analistas de Jane’s y el Centro James Martin muestran un desierto industrial donde antes pulsaban líneas de montaje. El mensaje es brutal: cada día que pasa sin reconstruir es un día menos de disuasión para el régimen.

Túneles de montaña convertidos en trampas
La montaña ya no protege. Las entradas de los túneles de Khorgu e Imam Ali aparecen tapiadas por los escombros de sus propias bóvedas. Los misiles seguirán bajo tierra, pero atrapados: sacarlos ahora requiere días de excavación, tiempo que los drones de vigilencia convierten en sentencia.
El general Dan Caine lo admitió en off: el 90 % de los lanzamientos de represalia iraníes se ha evaporado desde el 28 de febrero. La cifra habla por sí sola: un programa que solía descargar decenas de proyectiles por semana apenas si puede justificar un disparo simbólico contra Diego García, a 3.200 km, para demostrar que aún existe.

La fábrica de ilusiones revolucionarias
Pero Irán jamás ha ganado una guerra de desgaste; ha sobrevivido a varias. Los expertos que revisaron los datos para The Washington Post recuerdan la lección de 1988: cuando la Armada estadounidense hundió la mitad de su flota, la Guardia Revolucaria reconstruyó lancheras con fibra de vidrio y motores de camiones. La diferencia ahora es el vidrio de la cadena de suministro: cada tornillo importado pasa por un banco occidental que ya no acepta riales.
Nicole Grajewski, de la Carnegie Foundation, lo resume con la frialdad de quien ha estudiado cada ciclo de resurrección: «Los misiles seguirán siendo su escudo, pero el escudo ahora tiene grietas que no se sellan con propaganda». La frase resume el dilema: el régimen puede seguir lanzando, pero cada disparo consume piezas que ya no puede reponer.
En Teherán, los padres siguen paseando a sus hijos entre los misiles oxidados del parque. La escena es la misma desde 2020, solo que ahora los cohetes no son monumentos: son réplicas de armas que quizá nunca más salvarán del desguace. La guerra terminará, pero la fábrica de ilusiones revolucionarias ya no puede mentir con la misma velocidad.