Islamabad se convierte en el tablero donde se juega la paz de oriente medio
La guerra ya no respeta Domingo de Ramos. Mientras los cristianos de Jerusalén veían bloqueado el paso al Santo Sepulcro, en Islamabad aterrizaban los ministros de Exteriores de Arabia Saudí, Turquía y Egipto. No vienen de turismo: vienen a evitar que el segundo mes de conflicto entre Irán y Estados Unidos se convierta en década.

La última baza diplomática antes del abismo
Pakistán se ofrece como puente entre dos mundos que ya se disparan por anticipado. La Guardia Revolucionaria iraní anunció este domingo una nueva salva de misiles y drones contra Israel y bases estadounidenses. La respuesta no se hizo esperar: cazas israelíes sobrevolaron Teherán de madrugada y dejaron seis cadáveres. La cuenta de muertos en el sur del Líbano ya supera la treintena en 48 horas, incluidos nueve sanitarios y tres periodistas abatidos el sábado.
En medio del humo, un gesto menor que huele a desesperación: Irán permite el paso de 20 buques mercantes paquistaníes por el estrecho de Ormuz. Islamabad lo celebra como «un paso hacia la paz», pero la concesión dura lo que tarde un misil en recorrer los 40 km del golfo Pérsico.
La advertencia de Teherán es de esas que se escriben con mayúsculas en los cuarteles: «Cualquier operación terrestre terminará con la humillante captura de sus tropas, alimento para los tiburones del golfo». Lo que no dicen los portavoces es que ya hay buques de la US Navy rastreando minas submarinas entre Bandar Abbas y Fujairah.
En la iglesia del Santo Sepulro, el cardenal Pierbattista Pizzaballa debía celebrar la misa del Domingo de Ramos. La Policía israelí le cerró el paso. Terminó rezando en el Monte de los Olivos, ante unos fieles que no sabían si llorar al Mesías o a sus propios hijos. El papa León XIV, desde el Vaticano, gritó «¡Depongan las armas, recuerden que son hermanos!», pero la frase se perdió entre el estruendo de los F-35 que despegan desde Ramat David.
La reunión en Islamabad será secreta, pero los fotógrafos ya captaron a los diplomáticos saudíes llegar con maletas diplomáticas de aluminio, esas que suelen ir llenas de propuestas escritas en papel de seda y respaldadas por petrodólares. El objetivo: convencer a Washington de que una tregua no es rendición y a Teherán de que seguir lanzando drones no es ganar, es solo aplazar la hecatombe.
Lo que nadie cuenta es que en la sombra de la mesa de negociaciones hay un reloj atómico. Israel ha movido sus sistema Iron Dome al límite de saturación; Irán ya ensambla nuevos centrifugados en Natanz; y Estados Unidos acaba de desplegar el portaaviones USS Nimitz en Panamá, listo para cruzar el Canal y llegar al golfo en siete días.
En La Habana, tres meses sin petróleo han convertido la cola del pan en ritual diario. En Gaza, ocho muertos más este domingo suman la cifra que nadie se atreve a actualizar. Y en París, mientras tanto, Disneyland estrena un mundo de Frozen donde todo es nieve de plástico y los villanos cantan. La ironía escribe mejor que cualquier editorial.
La historia no termina con un «quizá». Termina con un misil balístico Kheibar Shekan estrellado contra un hangar en Ramon y con un cardenal que, al terminar su homilía, se santigua frente a un muro lleno de impactos de bala. La próxima semana, cuando el mundo celebre Pascua o Ramadán, Islamabad habrá decidido si el tablero sirvió para algo más que para retrasar el inevitable.