Israel aprueba la horca secreta para palestinos y firma su sentencia de apartheid
Jerusalén amaneció con un olor a naftalina y cuerda. A las 3:14 de la madrugada, 64 manos alzadas en la Knesset sellaron la primera ley que permite ahorcar en secreto a un pueblo bajo ocupación. El Parlamento israelí no solo restauró la pena de muerte: la blindó para que solo caiga sobre palestinos. La trampa legal es tan obvia que hasta el texto lo grita: la horca será exclusiva de los tribunales militares de Cisjordania, donde no entra un solo judío.
Una ley escrita con la soga ya preparada
La jugada legislativa lleva la firma de Itamar Ben Gvir, ultraderechista que ya lucía en su despacho una cuerda de cáñamo como souvenir. El artículo 3 del proyecto elimina de un plumazo el derecho de apelación y basta con mayoría simple de jueces –no con unanimidad– para dictar la muerte. La ejecución será «confidencial» y el cadáver quedará sepultado en una fosa sin nombre. Todo, insisto, solo si el condenado es árabe.
El truco está en la letra pequeña: la norma se presenta como «universal», pero define el terrorismo como quien «niega la existencia del Estado de Israel». Es decir, un colono israelí que masacre a un hogar palestino en Hawara queda exento; un adolescente de Jenín que apuñale a un soldado entra en el relato de la horca. La discriminación no es un efecto colateral: es el motor.

El derecho internional hace aguas en el jordán
La cuarta Convención de Ginebra prohíbe legislación penal extraterritorial sobre población ocupada. Israel lleva 56 años violándola, pero ahora redobla la apuesta: la Knesset, que no tiene jurisdicción sobre Cisjordania, se arrogó el poder de fusilar leyes de muerte allí. Suhad Bishara, abogada de Adalah, resume la hoja de ruta: «Vamos al Supremo, pero no para pedir que la tiren; vamos a denunciar que ya es un crimen de guerra en marcha».
El Centro Legal para la Minoría Árabe calcula que, de aplicarse, la ley ahorcaría a razón de uno cada tres meses. La cifra no es casual: es la frecuencia con la que Israel mantiene ahora en caliente a prisioneros palestinos bajo custodia administrativa. La horca viene a institucionalizar lo que ya ocurre en los sótanos de la Shin Bet.

El lobby de la cuerda ya piensa en el 7-o
Aunque el texto no sea retroactivo, otro proyecto en tramite prepara la vía express para los capturados desde el 7 de octubre. El mensaje es claro: la venganza no espera a la próxima legislatura. Netanyahu, que se negó a aplaudir en público, estuvo presente en el hemiciclo para garantizar los 64 votos. El primer ministro sabe que la horca le sirve de válvula de escape: cada ejecución será un cortafuegos contra la ira de las familias de rehenes.
Mientras, la comunidad internacional despacha el tema con un suspiro. La UE «lamenta», EEUU «expresa preocupación». Palabras que ya pesan menos que la cuerda que se atará al cuello del primer condenado. Porque la novedad no es que Israel se vuelva más duro: es que legaliza la desigualdad hasta convertirla en rutina. La ocupación ya no se esconde tras un uniforme; lleva toga y capucha.
En los muros de Hebrón alguien escribió ayer con carbón: «La horca no nos ahorcará la causa; nos dará un mártir más». Puede que tenga razón. O puede que la próxima vez que la Knesset invente una ley, la cuerpa ya no discrimine: caerá sobre cualquiera que soñó con una Palestina libre. Y entonces, cuando la soga se ajuste al cuello de la propia democracia israelí, quizá alguien recuerde esta madrugada de lunes. Quizá.
