Israel aprueba rezos bajo control y deja al cardenal pizzaballa en la puerta del santo sepulcro
Domingo de Ramos convertido en domingo de vergüenza. Mientras los fieles se preparaban para celebrar la entrada triunfal de Jesús en Jerusalén, la Policía israelí cerró la puerta del Santo Sepulró al propio cardenal Pierbattista Pizzaballa, máxima autoridad católica en la ciudad santa. Horas después, un comunicado policial anunciaba un «plan de oración limitado» dentro del edificio más sagrado del cristianismo. La excusa: un misil iraní que, según Netanyahu, cayó «a pocos metros» de la basílica.
La escena que nadie esperaba
Testigos describen el momento como una película cortada a mitad de plano: la comitiva del cardenal avanzaba por la calle de los Cristian cuando un cordón de agentes les bloqueó el paso. No hubo forcejeo, solo la orden imperativa de «dar la vuelta». El protocolo de seguridad, repetían. Pizzaballa, vestido de púrpura, tuvo que regresar por la misma Via Dolorosa que los peregrinos recorren cada Viernes Santo. El gesto de la diócesis fue contundente: «Impedir la entrada al Santo Sepulcro en Domingo de Ramos es como vetar al Papa en la Nochebuena de San Pedro».
Netanyahu, acorralado por las críticas, apareció en redes con un vídeo de 47 segundos: «He ordenado acceso pleno e inmediato». El problema: la orden llegó cuando la misa ya había sido suspendida y los fieles dispersos. El primer ministro añadió que Irán había lanzado misiles contra «lugares santos de las tres religiones monoteístas», pero no mostró imágenes del supuesto proyectil. En la plaza del Muro de las Lamentaciones y en el Monte del Templo, otros dos escenarios clave, la respuesta fue igual de tajante: «cerrados por seguridad».

El plan que no convence a nadie
El «plan de oración limitado» aprobado por la Policía de Jerusalén permite entrada escalonada a la basílica, pero bajo control biométrico y sin acceso a la Capilla del Ángel, donde según la tradición resucitó Cristo. Custodios franciscanos calculan que, en la práctica, solo cabrán 150 personas por hora, cuando la catedral alberga normalmente a 3 000 fieles en Domingo de Ramos. El representante del Patriarcado Latino firmó el documento, pero bajo presión, admiten fuentes cercanas: «No era firmar o negociar; era firmar o cerrar la iglesia toda la semana».
La comunidad internacional ha reaccionado con la velocidad del rayo. Italia calificó el hecho de «agresión injustificada a la libertad religiosa». Hungría habló de «profanación». Pedro Sánchez, desde La Moncloa, instó a Israel a respetar «la diversidad de credos y el derecho internacional». La réplica del ministro de Exteriores israelí, Gideon Saar, fue una daga: «Cuando el misil iraní cayó cerca del Sepulcro, Sánchez no dijo ni pío». La guerra de diplomacia por WhatsApp había empezado.

Cuando la seguridad se vuelve censura
En el interior de la iglesia, los franciscanos han colocado carteles escritos a mano: «Bienaventurados los que no ven y creen, pero ¿y los que ven y no pueden entrar?». El reverendo Francesco Ielpo, custodio de Tierra Santa, advierte: «No se trata de un problema logístico; es un síntoma de cómo la religión se doblega ante la geopolítica». En el Knesset, el diputado árabe-israelí Ayman Odeh ha presentado una queja urgente al Ministerio de Defensa. «Si un cardenal necesita permiso para rezar, ¿qué queda para el cristiano palestino medio?», reflexiona.
La semana que viene viene la Vigilia Pascual. Los cronistas locales apuntan que Israel ya prepara un «plan de resurrección limitada». Mientras tanto, en las tiendas de souvernirs de la calle David, los vendedores han retirado los crucifijos de madera de olivo y los han sustituido por pequeños candados. «Es lo que más se vende ahora», dice uno. «La gente quiere cerrar algo, aunque sea solo el equipaje».
