Israel arrasa el sur de líbano: 11 muertos en 12 horas y el río litani ya se ve desde el aire
El sur de Líbano huele a pólvora y a cítricos quemados. Desde la madrugada, los pilotos israelíes cuentan los minutos para alcanzar el río Litani, la línea roja que Tel Aviv dibujó en 2006 y que ahora promete pisar. Mientras, en el mercado de Bint Yebeil, los cuerpos de cuatro civiles aún yacen entre bolsas de especias y cajas de tomates destrozadas por el impacto.
Once cadáveres en una sola jornada. La cifra habla por sí sola: Hanuiyé, Chehabiyé, Shukin, Hanin, Yater, Kafra, Naqura… El mapa se llena de cruces. El ejército israelí no solo busca a Hezbolá; arrasa calles enteras para que nadie pueda esconderse después.
La artillería convierte el valle en un tablero de ajedrez humeante
Los vecinos de Marjayún han aprendido a distinguir el zumbido de un dron del silbido de un obús. Esta noche oyeron ambos. Jiam, Tulín, Ebel Saqi: tres nombres que antes aparecían en guías turísticas y ahora llenan partes de guerra. El fosfato blanco ha teñido de humo limón los campos de olivos; los cortes de luego suman ya 72 horas en Hasbaya y Arqub.
En Beirut, los estruenos llegan antes que las alertas. Más de un centenar de torres —algunas apenas eran bloques de oficinas— han quedado reducidas a esqueletos de hierro. El Ejército israelí las llama “infraestructuras terroristas”; los vecinos, “casas donde vivían primos y exiliados palestinos”. Entre los escombros, Hamza Ibrahim Rakin soñaba con convertirse en el próximo jefe de la Unidad 1800, la división de Hezbolá que teje hilos desde Gaza hasta Siria. Ahora es un nombre más en la lista de muertos que Tel Aviv presume con rapidez de publicar.

Orden de evacuar: seis pueblos del becá tienen hasta el anochecer
Avichai Adrai, portavoz militar en árabe, ha grabado un audio que circula por WhatsApp: “Desplácese hacia el norte de Karaún, por favor, no hay segunda oportunidad”. La frase suena a consolación, pero el tono es de reloj de cocina. Zalaya, Labaya, Yohmar… Seis localidades del Becá que viven del cultivo de cannabis y de la memoria de la guerra de 2006 tienen hoy la misma opción: partir o ser contados entre los 1.247 muertos que ya suma el Ministerio de Sanidad libanés desde el 3 de marzo.
Lo que nadie cuenta es que muchos han vendido ya sus cosechas para pagar el pasaje. Quedarse equivale a apostar contra los cielos; irse, a dejar que los cielos apuesten contra ellos.
La frontera con Israel, a 30 km del Litani, se ve desde cualquier colina. Allí, los tanques israelíes avanzan en formación de abrelatas. Cada kilómetro ganado es una fotografía para el informe que el primer ministro entregará en Jerusalén: “Objetivo cumplido”. Pero la autopista que lleva hasta el río está sembrada de coches destrozados y olor a gasolina quemada. La guerra siempre ofrece dos narrativas: la del mapa conquistado y la de los cuerpos que se apilan para dibujarlo.
En Naqura, donde la UNIFIL lleva dos décadas sin levantar la voz, los cascos azules cuentan los proyectiles de fósforo como quien cuenta gotas de lluvia. La diferencia es que estas dejan un olor dulzón que se adhiere a la garganta. Mientras tanto, en los altavoces de las mezquitas resuena la consigna: “No os disperséis, la resistencia está cerca”. Pero la resistencia ya no es un eslógan; es un edificio derrumbado, un padre que cava con las manos, una madre que aprendió a medir la distancia entre un cohete y un milagro.
Israel dice que el Litani es la línea de seguridad definitiva. Hezbolá promete que, si la cruzan, la guerra se trasladará a patios traseros que Tel Aviv no imagina. Entre ambos discursos hay un trozo de tierra que ya no alberga ni esperanza: solo olivos calcinados y el eco de once nombres que nadie podrá borrar del todo. El río sigue allí, sereno, como un espejo que, por primera vez, contempla su propio reflejo ensangrentado.
