Israel asesina en beirut al operador que tejía la red de hizbulá en palestina
Hamza Ibrahim Rakin conducía desde el sur de Beirut los hilos que conectaban a Hizbulá con las milicias palestinas en Gaza, Cisjordania y Siria. Anoche un misil israelí convirtió su despacho en escombros y con él la arquitectura secreta de una alianza que duraba dos décadas.
El Ejército israelí lo llamó "el enlace clave"; los vecinos de la zona de Haret Hreik lo recuerdan como el hombre que nunca pisaba la calle sin dos guardaespaldas y que llegó a instalarse en un edificio sin nombre. La operación, ejecutada minutos después de las 21:00, dejó tres cadáveres y un vacío de poder que —según fuentes de inteligencia libanesas— podría desencadenar una reorganización interna en la milicia chií.
Rakin controlaba la ruta de los combatientes palestinos hacia el sur del líbano
La Unidad 1800, brazo oscuro de Hizbulá, funcionaba como consulado militar: tramitaba visados de guerra, entrenamiento y dinero para facciones palestinas dispuestas a cruzar el río Zahrani. Rakin era su vicecomandante y, sobre todo, su contable moral: quien decidía quién merecía un curso de explosivos en Baalbek y quién debía esperar en un campamento de refugiados.
Desde octubre, esa cadena logística se había acelerado. Los servicios de seguridad de Israel interceptaron —según el comunicado oficial— comunicaciones que vinculaban a Rakin con el traslado de decenas de milicianos palestinos hacia los pueblos del sur donde las tropas israelíes avanzan ahora con la orden de Netanyahu de ampliar la zona de seguridad más allá de la línea azul.
El ataque no fue aislado. En menos de una hora, los cazas israelíes bombardearon más de un centenar de edificios de altura en Beirut, la mayoría en barrios que ya olían a humo desde 2006. El balance: 1.247 muertos y 3.680 heridos en tres semanas, 124 niños entre ellos. Del otro lado, Hizbulá ha matado a dos civiles israelíes y a seis soldados. La proporción es brutal y, sin embargo, nadie parece dispuesto a interrumpir la partida.

Netanyahu juega la carta del desplazamiento forzoso
El primer ministro ha ordenado a sus tropas que empujen a la población civil libanesa al norte del río Zahrani, creando —en la práctica— un cinturón demográfico deshabitado que garantice a Israel 11 km de terreno libre de cohetes. La ONU lo considera una posible limpieza étnica; Israel lo llama prevención.
Mientras tanto, en los suburbios de Beirut, los supermercados se vacían y los precios del combustible se disparan. Quien puede, se marcha a Siria; quien se queda, aprende a distinguir entre el zumbido de un dron y el silbido de un misil. La muerte de Rakin no acerca la paz; solo reconfigura el tablero para la siguiente escalada.
La noche del lunes, cuando los equipos de rescate retiraban los cuerpos, un vecino apagó la radio y murmuró: "Otro nombre que nadie recordará dentro de un mes". Se equivocó. En los cuarteles de Tel Aviv ya han puesto precio al sucesor de Rakin. La cuenta atrás ha comenzado de nuevo.
