Israel blinda su economía y armas con el presupuesto más coloso de su historia
El Kneset aprobó a las 03:42 del martes un paquete de 850.600 millones de shekel que hace temblar las cuentas públicas y redibuja el mapa de poder del Estado judío. 14 horas de filibustero, dos interrupciones por misiles iraníes y un coro de gritos entre ultranacionalistas y la oposición secular terminaron con 62 votos que dan oxígeno hasta 2026 a Benjamin Netanyahu y le permiten seguir jugando a la guerra sin que la coalición se desmorone.
Lo que nadie cuenta es que el dinero no sólo compra tanques. Compra tiempos.
La cifra habla por sí sola: 142.000 millones de shekel para defensa
Un 20 % más que el ejercicio anterior. Dentro de esa cifra hay 22.000 millones etiquetados como “gasto sujeto a ingresos”, un eufemismo para fondos que el Ministerio de Finanzas puede activar sin nueva autorización parlamentaria si estalla una segunda frente. Otros 82.200 millones son compromisos a largo plazo que ya firman contratos de compra de proyectiles de 155 mm a Elbit Systems y encargan drones kamikaze antes siquiera de que el Congreso de EE.UU. dé luz verde a nuevos suministros.
Bezalel Smotrich, titular de la cartera y ideólogo de la anexión de Cisjordania, vendió la medida como “la mayor bajada de impuestos para la clase trabajadora”. El truco contable: reduce un punto el IRPF para ingresos medios, pero sube el IVA sobre productos importados. El ciudadano paga más en la caja y menos en la nómina; el fisco recauda igual, pero el esfuerzo se traslada al bolsillo del consumidor.

El 800 millones de shekel que compran la paz con los haredíes
Los partidos ultraortodoxos exigieron su tajada. Gali Baharav-Miara, la fiscal general, había bloqueado transferencias mientras la comunidad se negaba al reclutamiento. El gobierno respondió creando un “fondo de compensación” que financia escuelas talmúdicas, subsidios familiares y redes de alimentos kosher. 221 millones de euros que no pasan por el ministerio de Defensa pero sirven para blindar la disciplina de voto de Shas y United Torah Judaism.
Yair Lapid lo llamó “el mayor robo de la historia”. Naftali Bennett, que fue primer ministro hace dos años, habló de “glotonería fiscal”. Ambos saben que sus partidos, Yesh Atid y Yamina, quedan fuera del reparto y ven cómo el electorado secular se les escapa hacia Benny Gantz o hacia el apatismo.
El misil que interrumpió la sesión y el proyecto que siguió adelante
A las 21:17 sonaron las sirenas. Diputados y periodistas corrieron al refugio. En la pantalla del hemiciclo quedó congelado el contador de tiempo de palabra de Ahmad Tibi. Cuando regresaron, la mayoría ya no estaba: 13 legisladores arabes y 4 de la oposición judía habían aprovechado el caos para abandonar la sala. El quorum, sin embargo, se mantuvo porque dos miembros del Likud regresaron del bunker con chaqueta antibalas y terminaron la sesión desde la barandilla.
La escena resume el clima: Israel legisla entre fogonazos. El presupuesto no es un plan económico; es un acta de supervivencia política. Con él, Netanyahu posterga elecciones que las encuestas le darían en empate técnico con Gantz y asegura a Washington que puede seguir bombardeando sin pedir préstamos exprés cada trimestre.
El cierre del debate llegó a las 05:03. Afuera, en el parking del Kneset, un grupo de reservistas protestaba con carteles que pedían “dinero para los hospitales, no para los congresos de rabinos”. Nadie les hizo caso. Dentro, el primer ministro ya firmaba la orden para entregar 150 millones de shekel a Elbit y garantizar 3.000 empleos en la fábrica de Haifa. La guerra, como siempre, se paga en cuotas. Y esta vez la factura vence en 2026, justo cuando el mandato de Netanyahu toca su fin constitucional. Si el conflicto sigue vivo, el calendario se reescribirá. Si la región explota, el dinero ya está pre-aprobado. El presupuesto no es un plan: es un seguro de vida para un Ejecutivo que gobierna como si cada día fuera el último.