Israel bloquea al patriarca católico en el domingo de ramos y desata una tormenta diplomática
Jerusalén amaneció ayer con el eco de un portazo que ha traspasado muros de piedra y fronteras políticas: Israel impidió al cardenal Pierbattista Pizzaballa, el máximo representante de la Iglesia en Tierra Santa, acceder a la iglesia del Santo Sepulcro para celebrar la misa del Domingo de Ramos. Lo que podría haber sido un contratiempo local se ha convertido en el detonante de una crisis diplomática que ha puesto en jaque la reputación internacional del Ejecutivo de Benjamin Netanyahu.
La reacción en cadena que nadie esperaba
Italia fue la primera en romper el silencio. Giorgia Meloni no anduvo con eufemismos: «Impedir la entrada del Patriarca constituye una ofensa no solo para los creyentes, sino para toda comunidad que reconoce la libertad religiosa». Roma presentó protesta formal a través de su ministro de Exteriores, Antonio Tajani, quien calificó la medida de «inaceptable» en público y en privado elevó el tono. La diplomacia italiana lleva meses navegando entre la alianza atlántica y la defensa de los lugares santos; ayer optó por la confrontación directa.
Francia no se quedó atrás. Emmanuel Macron se sumó a la condena con una frase que sonó a ultimátum: «Exijo garantías para la libertad de culto en Jerusalén para todas las religiones». La presión francesa se notó de inmediato: el Quai d'Orsay convocó al embajador israelí en París para un «explicación inmediata». No es un gesto menor. París custodia los bienes católicos en Tierra Santa desde los tiempos de las Cruzadas y considera cualquier alteración del statu quo como una línea roja.
Hasta Washington, histórico escudo de Israel en foros internacionales, ha distanciado la cara. El embajador Mike Huckabee, predicador evangélico y habitual aliado del Gobierno israelí, tuiteó lo impensable: «Lamentable abuso de poder». Su mensaje, titubeante pero claro, revela el grado de desconcierto que ha generado la medida entre los propos sectores más afines a Netanyahu. Huckabee advirtió que «la imagen de Israel sufre daños que tardarán años en reparar».

El argumento de la seguridad que nadie compra
El Ejército israelí esgrimió la amenaza de «ataques iraníes inminentes» para justificar el cierre de la Ciudad Vieja y la restricción de acceso al Santo Sepulcro. La versión oficial: menos de 50 personas podían congregarse y la misa de Pizzaballa superaba el límite. Pero la realidad desmonta la excusa: la ceremonia iba a ser a puerta cerrada, con menos de treinta asistentes y sin procesión externa. El propio embajador Huckabee lo dejó caer: «Una ceremonia privada no representa riesgo para la seguridad nacional».
La sensación de pretexto se extiende por los cuarteles de la Policía de Israel. Fuentes del cuerpo confesaron a este diario que la orden partió directamente de la oficina del primer ministro, saltándose el protocolo habitual que implica consultar con el Custodia de Tierra Santa y la Autoridad de Antigüedades. La decisión política, dicen, buscaba enviar un mensaje de firmeza tras las recientes tensiones en la Explanada de las Mezquitas, donde han aumentado los enfrentamientos entre musulmanes y fuerzas israelíes durante el Ramadán.

El statu quo que se resquebraja
El Santo Sepulcro no es solo una iglesia: es un microcosmos de soberanías compartidas desde el siglo XIX. Grecos ortodoxos, franciscanos, armenios, coptos y sirios reparten llaves, lámparas y hasta escalones bajo un entramado legal que ni siquiera los propios fieles terminan de entender. Israel, como potencia ocupante desde 1967, se comprometió a mantener ese delicado equilibrio. Ayer lo rompió sin previo aviso.
Jordania, formalmente responsable de los lugares santos islámicos y cristianos en Jerusalén, reaccionó con una dureza inusual. Su portavoz calificó la medida de «flagrante violación del derecho internacional» y convocó a la comunidad internacional para que asuma «responsabilidades legales y morales». Amán sabe que cada grieta en el statu quo cristiano puede abrir la vía a reclamaciones sobre la Mezquita de Al Aqsa, el epicentro de la disputa jerusalénita.
La Autoridad Nacional Palestina, por su parte, habló de «crimen contra la auténtica presencia cristiana». El mensaje apunta a una realidad incómoda: la población cristiana en Cisjordania y Jerusalén Este lleva dos décadas en picado. En Belén, ya son menos del 15 %. En Jerusalén, muchos jóvenes coptan por la emigración ante la precariedad económica y el aumento de los asentamientos. Cada restricción religiosa es un empujón más hacia la puerta de salida.
El precio de la tensión religiosa
El incidente ha activado alarmas en el Vaticano. La Santa Sede, que mantiene una diplomacia de bajo perfil en Oriente Medio, ha convocado de urgencia a su nuncio en Tel Aviv para evaluar una respuesta conjunta con las iglesias locales. La Santa Sede no tiene ejército ni sanciones, pero controla la agenda moral de 1.300 millones de fieles. Un veto papal a la normalización con Israel en foros multilaterales puede traducirse en aislamiento político y pérdida de apoyo en América Latina, donde el catolicismo sigue siendo un poderoso factor electoral.
Brasil, la mayor potencia católica del planeta, ya ha anunciado que elevará el caso al Consejo de Seguridad de la ONU. Portugal y Polonia han convocado consultas a sus embajadores. España, que ostenta la presidencia rotativa del Consejo de la Unión Europea, ha trasladado la queja al Alto Representante europeo y prepara una declaración conjunta para la próxima semana. La presión internacional empieza a incomodar incluso a los aliados más férreos de Netanyahu.
En el Santo Sepulcro, mientras tanto, los franciscanos han colgado un cartón sobre la puerta principal: «La tumba está abierta, pero la puerta está cerrada». Es una frase que resume el sentimiento de muchos jerusalenos: la resurrección prometida se topa con un check point. La próxima semana se celebra Pascua. Si el cardenal Pizzaballa vuelve a ser rechazado, la tormenta diplomática que ayer fue un murmullo puede convertirse en un estruendo que sacuda los cimientos mismos de la ciudad sagrada.