Israel bloquea al patriarca en el santo sepulcro y jerusalén estalla de símbolos

Las puertas de hierro del Santo Sepulcro se cerraron ante el cardenal Pierbattista Pizzaballa como si la ciudad empujara fuera a su propio alma. Domingo de Ramos sin ramos, sin incienso, sin fieles: la Policía israelí decidió que la misa privada del patriarca latino era un riesgo de seguridad y, de golpe, convirtió el ceremonial más colorido del cristianismo jerusalén en una escena de desierto.

El gesto no fue un simple trámite burocrático. A las 16.45, cuando debía entrar el cortejo con crucifijos y niños portando palmas, solo quedaron dos agentes con fusiles y un aviso escrito: «Acceso restringido por operativos iraníes». La frase, que nadie supo explicar con claridad, dejó al máximo representante de la Iglesia católica en Tierra Santa rezando al aire libre, en Getsemaní, ante treinta periodistas y un puñado de monaguillos que agitaban ramas de olivo como quien ondea una bandera blanca.

Una cruz de relicario frente a los tanquetas

Pizzaballa alzó la reliquia de la Santa Cruz como quien levanta un espejo a la ciudad. «Hoy Jesús llora otra vez por Jerusalén», dijo con voz quebrada, pero firme. La metáfora cayó encima de los escudos antimotines apostados a menos de cien metros: blindados, visores nocturnos, un perro militar que olía todavía la pólvora de la madrugada en la mezquita de Al-Aqsa. El cardenal habló de una «Tierra Santa que no sabe abrazar la paz» y, al hacerlo, crujieron los altavoces de la policía que pedían a los periodistas que mantuvieran distancia.

El contraste fue brutal. Mientras él proclamaba que «el verdadero poder no reside en la espada que mata, sino en la vida entregada», un dron zumbaba sobre nuestras cabezas filmando cada movimiento. La liturgia se convirtió en performance: la cruz relicario frente a la cámara de reconocimiento facial, el incienso mezclado con gasolina residual, el canto de los salmos ahogado por las sirenas de una ambulancia que llevaba a un herido del otro lado del muro.

La misa paralela que israel no tocó

La misa paralela que israel no tocó

Lo que nadie en el Gobierno de Netanyahu explica es por qué, dos horas después, más de cien fieles entraban sin problema en la iglesia de San Salvador, a escasos 400 metros del Santo Sepulcro, para celebrar su propio Domingo de Ramos. La misa allí transcurrió con normalidad: cánticos en árabe, palmas tejidas por las monjas de la comunidad, incluso una homilía política que criticaba la ocupación. Ningún agente lo impidió. El doble rasero desató la ira del Vaticano y provocó que el ministro de Exteriores italiano, Antonio Tajani, convocara este lunes al embajador israelí en Roma. «Una ofensa que no vamos a dejar pasar», dijeron fuentes de la Farnesina.

El primer ministro israelí intentó apagar el incendio diplomático con un comunicado a las 23.18: «No hubo intención maliciosa». Pero la frase sonó hueca cuando, en paralelo, su cuenta oficial de X seguía publicando vídeos de drones destruyendo blancos en Gaza. La ironía fue demasiado obvia: mientras Netanyahu hablaba de «protocolos de seguridad», el cardenal repetía que «el amor nunca se rinde» frente a un muro recién pintado de grafiti que reza «Cristo, ¿dónde estás?».

Jerusalén, ciudad de gestos rotos

La historia se repite cada primavera. Domingo de Ramos 2022: prohibida la procesión por la puerta de Damasco. Domingo de Ramos 2023: gas lacrimógeno en la plaza de las Caballerizas. Y ahora, 2024: el Santo Sepulcro convertido en zona militar. Lo único que cambia es el número de fieles que ya no regresan: antes de la guerra eran 5.000 peregrinos portando palmas; este año, apenas 30. La ciudad que se jacta de ser «centro del mundo» se queda sin corazón que lo llene.

Pizzaballa terminó su homilía con un grito que no necesitó micrófono: «Estamos llamados a ser testigos de un amor que nunca se rinde». Tras él, los olivos del Getsemaní crujían como viejos testigos. Al fondo, la luz ámbar de Jerusalén proyectaba sombras alargadas que parecían cruces invertidas. No hubo amén colectivo, solo el chasquido de las cámaras que captaban la imagen de un cardenal solo, con la cruz en alto, frente a una ciudad que ha hecho del símbolo una rutina vacía.

Mañana, lunes de Pascua, el Santo Sepulcro volverá a abrir sus puertas para los turistas que paguen la entrada. Pero los fieles locales ya saben la lección: la liturgia puede ser cancelada, la procesión prohibida, el cardenal desalojado. Lo único que permanece es la imagen de una cruz relicario alzada contra los fusiles, un gesto tan antiguo como Jerusalén y tan nuevo como el último disparo de esta guerra que no cesa.