Israel encierra el muro de los lamentos y deja 50 kohanim para bendecir a un país entero
Jerusalén amaneció este lunes con una postal que parece burla: 50 sacerdotes judíos recitarán la Birkat Kohanim frente a un Muro de los Lamentos desierto, mientras el resto de la ciudad vive bajo un cerrojo que ni el Ramadán ni la Semana Santa lograron levantar.
La decisión, anunciada por la Policía, el Ayuntamiento y la Fundación del Patrimonio del Muro, convierte la fiesta de Pésaj en una ceremonia de cámara: puerta de Yafa sellada, transporte público suspendido, acceso total vetado al público. «Con amor», prometen los organizadores, aunque el amor, esta vez, viene con código de barras y control de carteras.
La excusa de la guerra que no convence a nadie
Desde que el 28 de febrero estalló el conflicto con Irán, las autoridades israelíes cerraron los tres grandes santos de la Ciudad Vieja: Al Aqsa para los musulmanes, el Santo Sepulcro para los cristianos y el Kotel para los judíos. La razón: seguridad, escasez de refugios, dificultad para las ambulancias. Un argumento que se resquebraja cuando el cardenal Pierbattista Pizzaballa tuvo que ver cómo le cancelaban la misa de Ramos y solo pudo entrar tras una condena global que obligó a Netanyahu a dar marcha atrás.
Mientras, los palestinos de Jerusalén no han tenido ese guiño: rezaron en la calle y recibieron por respuesta gases y porras. La doble vara de medir se transparenta: 50 kohanim sí, miles de fieles no; un cardenal a regañadientes, una comunidad musulmana entera vetada.

Cuando la fe se convierte en privilegio de trinchera
La Birkat Kohanim debería ser un torrente de voces que desciende desde el muro hasta las aceras de piedra; este año será un susurro de élite. Los fieles la seguirán por streaming, como si Dios aceptara videollamadas pero rechazara la transpiración de las multitudes. En el barrio armenio, los comerciantes calculan pérdidas: «Quién compra rosarios o shofar cuando nadie puede acercarse», dice Garo, dueño de un puesto de cerámica que lleva semanas cubierto de polvo.
La guerra, dicen, obliga a priorizar. Pero la prioridad dibuja un mapa de peajes distintos: permitir la entrada simbólica de 50 sacerdotes cuesta menos que enfrentarse a la coalición de derecha que pide mano dura; dejar fuera a los palestinos cuesta menos que discutir con los colonos que ya ven Al Aqsa como patio trasero.
El domingo 5 de abril, cuando los kohanim levanten las manos para bendecir, el eco rebotará en muros vacíos. En la Ciudad Vieja, los gatos callejeros serán los únicos testigos de un rito que, antes de la guerra, congregaba a cien mil almas. La foto oficial mostrará 50 túnicas blancas y un coro de uniformados; la imagen que no saldrá es la de miles de devotos a las puertas, pegados a sus móviles, escuchando la bendición como quien escucha un mensaje de voz que nunca llegará a ser respuesta.
Jerusalén aprende así una lección cruel: cuando el miedo gobierna, la fe se mide en cupos. Y el amor, ese que prometen los comunicados, se reduce a un aforo que ni siquiera alcanza para llenar una sinagoga de barrio.
