Israel pierde otro chico de 19 años en el sur del líbano y la guerra ya huele a 2006

Liran Ben Zion tenía 19 años, servía en la Brigada 401 y murió ayer en un pueblo del sur del Líbano que ni siquiera aparece en los mapas turísticos. Con él ya son seis los uniformados que Israel entierra desde que Hezbolá abrió un segundo frente el 2 de marzo para sacar presión a su mentor iraní. El ministro de Defensa, Israel Katz, lo anunció con la retórica habitual —«luchó con dedicación por la seguridad del Estado»—, pero en Tel Aviv la gente ya pregunta cuántos Liran más faltarán antes de que alguien diga basta.

La fosa común que nadie firmó

La muerte de Ben Zion no fue un accidente: forma parte de la ofensiva terrestre que Israel lanzó hace tres semanas contra el sur del Líbano con la promesa de «desarticular» a Hezbolá. El problema es que el grupo chií sigue allí, los misiles siguen cayendo en Kiryat Shmona y los cadáveres israelíes regresan en bolsas de nailon mientras los libaneses cuentan más de 1.100 muertos desde marzo, según el ministerio de Salud de Beirut. La proporción es brutal: por cada soldado israelí caído, el lado libanés pierde civiles a doccenas.

El ejército habla de «operaciones de búsqueda y destrucción»; los pilotos, de «blancos de alto valor». Pero en los kibbutz del norte los vecinos ven otra cosa: helicópteros que despegan a las 3 de la madrugida, listas de evacuados que se alargan y un gobierno que repite el mantra de «victoria total» mientras las sirenas nunca se apagan. La última vez que sucedió fue en 2006; entonces también prometieron que serían semanas y la guerra se alargó 34 días.

Hezbolá juega al ajedrez, israel a las damas

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La diferencia ahora es que Irán ya no se esconde: los drones que despegan desde Homs llevan huella dactilar teheranense y los misiles que perforan los tanques Merkava tienen sello de fábrica en persa. Hezbolá, leal a su estrategia de 2006, busca el desgaste: un soldado aquí, una patrulla allá, hasta que el coste político en Jerusalén se vuelva insostenible. Katz lo sabe y por eso apela al «golpe contundente» que nadie ha conseguido aplicar sin desangrarse.

Mientras tanto, Liran Ben Zion ya no podrá contarle a sus sobrinos cómo se atraviesa un pueblo libanés en tres horas. Su nombre se suma a la losa de mármol del monte Herzl, donde las lápidas de los caídos crecen en oleadas cada veinte años. La próxima, advierten los veteranos, ya se está labrando.