Israel pulveriza el campus nuclear iraní donde se gestaba el próximo misil

La noche del domingo, mientras Teherán contaba cadáveres, un escuadrón de F-35I Adir atravesó el espacio aéreo sirio y clavó su mirilla en el barrio 22 de la capital iraní. El objetivo: la Universidad Imam Hosein, la factoría de sueños oscuros de la Guardia Revolucionaria. En menos de 90 minutos, cuatro túneles de viento subterráneos, un laboratorio de armas químicas y un silo de pruebas balísticas pasaron a ser polvo radiactivo.

La lista de muertos que nadie quería ver

El golpe cortó la cabeza del régimen: Ali Jamenei, guía espiritual; Ali Lariyani, zar de la seguridad; los ministros de Defensa e Inteligencia, Aziz Nasirzadé y Esmaeil Jatib. Más de 1.500 personas, según el balance que filtró el vicepresidente iraní a la prensa qatarí. La cifra habla por sí sola: esto no es una operación quirúrgica, es un decapitar el Estado.

Desde Tel Aviv, el portavoz de las FDI, Daniel Hagari, exhibió imgenes de satélite en las que se aprecian cráteres de 60 metros donde antes había túneles de 400 km/h de velocidad de viento. El misil que Israel temía —un proyectil hipersónico con ojiva nuclear de 400 kilotones— quedó enterrado bajo toneladas de hormigón y secretos.

El silencio de washington

El silencio de washington

La Casa Blanca despertó con el teléfono rojo sonando. Biden pidió «moderación»; Teherán respondió con cohetes contra la base de Al-Asad en Irak. El cerco se estrecha: el Estrecho de Ormuz lleva 48 horas cerrado al tráfico petrolero. El barril Brent ya cotiza por encima de 120 dólares y el gas natural europeo dispara un 18 % en la apertura de Ámsterdam.

Lo que nadie cuenta es que Israel ha cambiado la regla del juego. Antes advertía; ahora destruye. El ataque a la Universidad Imam Hosein no es un episodio más: es el fin del tabú nuclear iraní. La Guardia Revolucaria pierde su cerebro técnico y, con él, la capacidad de responder antes de 2026. El reloj de la proliferación se reinicia, pero esta vez sin Teherán en el tablero.