Israel retiene al cardenal pizzaballa y aprueba un ‘plan de oración limitada’ en el santo sepulcro
El Domingo de Ramos ha terminado con olor a pólvora en Jerusalén. Mientras los fieles aguardaban la entrada solemne del cardenal Pierbattista Pizzaballa a la iglesia del Santo Sepulcro, la Policía israelí cortó el paso al máximo representante de la Iglesia católica en la ciudad y, horas después, anunció un “plan de oración limitado” que nadie había pedido.
La misa interrumpida que ha encendido la ciudad
La escena fue breve y contundente: Pizzaballa avanzaba por la calle de los Cristianos custodiado por sacerdotes y monjes cuando un cordón de agentes le dio la vuelta como quien desvía a un turista perdido. El Patriarcado Latino denunció la medida como “una violencia simbólica”; el custodio de Tierra Santa, fray Francesco Patton, habló de “humillación pública”. En el exterior, los grupos de peregrinos que portaban ramos de olivo se miraban incrédulos: el Domingo de Ramos se había convertido en un check-point teológico.
La versión policial llegó de noche: “La restricción responde a directrices de seguridad del Frente Interno”, dijeron, y colgaron un mapa con zonas pintadas de rojo. El Santo Sepulcro, según ese guion, carece de “área de protección estándar”, un eufemismo que en la práctica convierte el edificio más sagrado del cristianismo mundial en un objetivo militar más.

El efecto dominó diplomático
La reacción fue instantánea. Roma, Budapest y Madrid firmaron la misma protesta en tres idiomas distintos. Pedro Sánchez, que apenas 48 horas antes felicitaba a Netanyahu por el regreso de los rehenes, cambió el tono: “Atentado contra la libertad religiosa”, tuiteó. Gideon Saar, ministro de Exteriores israelí, devolvió la pelota con un misil iraní de por medio: “Cuando cayó cerca del Sepulcro, ¿dónde estaban las protestas europeas?”, escribió, y añadió que Israel “defenderá la libertad de culto contra el régimen de los ayatolás”.
La ironía es dolorosa: para proteger a los creyentes, les impiden creer. El Santo Sepulcro, que sobrevivió a cruzadas, terremotos y bombas, ahora está bajo llave preventiva. Y la “libertad de culto” que invoca Saar se traduce en cupos de fieles y horarios de escolta policial, como si la liturgia fuera un vuelo de Ryanair.
El plan de oración limitada no ha sido negociado con las iglesias; ha sido impuesto. El Patriarcado Latino aún guarda silencio, pero en los claustros de la ciudad vieja se escucha un murmullo: si el Domingo de Ramos —fiesta de la entrada triunfal— acaba en un corte de mangas, ¿qué queda para el Viernes Santo?
Mientras, los monjes ortodoxos revisan sus procesiones, los armenios cuentan sus cirios y los franciscanos rezan por un milagro diplomático. La próxima semana se celebra la Vigilia Pascual. Jerusalén entera mira al cielo, pero también a la esquina donde anoche un agente dijo “no pasan” al hombre que porta la cruz de oro. La ciudad, otra vez, está aprendiendo que las fronteras no solo se dibujan con muros: a veces basta con un “plan de oración” para cercenar la eternidad.
