Italia juega su pellejo: el fracaso de no ir a un tercer mundial ya es una herida nacional
Una nación que ganó cuatro Copas del Mundo entra esta noche en Zenica con el alma en vilo. Italia debe vencer a Bosnia-Herzegovina para evitar el ostracio: ausencia en tres Mundiales seguidos sería la catástrofe deportiva que ningún campeón ha firmado jamás.
El Bilino Polje, aforo completo, huele a pólvora. 15.600 espectadores bosnios sueñan con repetir la hazaña de 2014; los italianos solo piensan en lavar la vergüenza de Rusia 2018 y Qatar 2022. El perdedor se queda fuera; el ganador se coloca en el grupo B del 2026 con Canadá, Catar y Suiza.

El peso de la historia pesa más que el balón
Gennaro Gattuso no puede esconder la cicatriz: fue jugador cuando la azzurra cayó en la repesca contra Suecia 2017. Ahora dirige a Tonali, Donnarumma y Calafiori, una generación que nunca ha pisado un Mundial. La prensa de Milán habla de «partido de la vergüenza»; la de Roma, de «redención o sepultura».
En Solna, otro duelo de orgullo: Lewandowski, 89 goles en 164 partidos, se enfrenta al nuevo ídico nórdico, Viktor Gyokeres, que lleva 18 tantos en 31 encuentros y arrasa en la Premier. Polonia no gana en Suecia desde 1930, pero venció la repesca de 2021. El técnico Jan Urban confiesa: «Es el partido de mi vida».
La tercera batalla se libra en Pristina. Kosovo, sin Mundial en su historial, recibe a Turquía, que no huele la fase final desde 2002 cuando fue tercera. Arda Güler, niño prodigio del Real Madrid, lidera la quimera turca; Vedat Muriqi, del Almería, encarna la ilusión balcánica. El estadio Fadil Vokrri estallará con 13.900 gargantas, pero Franco Foda, seleccionador kosovar, avisa: «Si cupieran, serían cien mil».
El cuarto escenario, Praga, enfrenta a dos países que fueron potencias y ahora se disputan la resurrección. República Checa no ve un Mundial desde 2006; Dinamarca, presente en cinco de los últimos siete, llega en racha: cuatro victorias, dos empates, una sola derrota. Tomas Soucek resume el sentimiento checo: «Han pasado veinte años, es hora de volver».
Cuatro partidos, cuatro vidas paralelas. El ganador no solo obtiene el billete; recupera la dignidad nacional. El perdedor arrastra la losa durante cuatro años más. En Europa, el fútbol ya no es juego: es identidad, es economía, es política. Esta noche, el continente paraliza su aliento. Italia, Polonia, Turquía y Dinamarca saben que una sola tarde puede borrar una década de fracaso. El silbato de Zenica decidirá si la azzurra sigue siendo leyenda o pasa a la historia como el campeón que se negó a jugar el torneo que alguna vez dominó.
