Italia regresa a la escena de su humillación: bosnia le espera con el mundial en juego

Zenica huele a kazlak y a historia pendiente. El martes, a las 20:45 CEST, el Bilino Polje se convertirá en el tribunal donde Italia juzgue su propio declive: tres repechajes consecutivos, doce años de sequía mundialista, un país que sigue viviendo de rentas de 2006. Y, enfrente, una Bosnia que ya le dio la puntilla en 1996, cuando Arrigo Sacchi cerró su etapa en la selección con una derrota que anticipó la crisis de una generación.

La cifra habla por sí sola: 7 de noviembre de 1996, estadio Koševo en Sarajevo, 40.000 bosnios celebrando su primer partido oficial tras la guerra y su primera victoria ante una potencia. Italia, subcampeona del mundo dos años antes, cayó 2-1 en un mediodía sin luz eléctrica y sin dignidad. Sacchi dimitió a las pocas semanas. Ahora, 30 años después, el ciclo se reitera: mismo escenario geográfico, mismo favoritismo italiano, mismo olor a humillación posible.

La italianada se mide a su propio espejo balcánico

La italianada se mide a su propio espejo balcánico

La diferencia entre ambas selecciones no está en el palmarés: Italia acumula cuatro Copas del Mundo; Bosnia, una sola participación (Brasil 2014). La verdadera brecha es la tolerancia al fracaso. En Roma, no clasificarse al Mundial es sinónimo de catástrofe nacional; en Sarajevo, es una oportunidad de oro. Mientras la Azzurra se debate entre la nostalgia de su fútbol de catenaccio y la urgencia de modernizar un juego que lleva años oliendo a naftalina, los bosnios sueñan con repetir la hazaña de 1996 y sellar su billete a Canadá-México-Estados Unidos 2026.

Lo que nadie cuenta es que Italia llega a Zenica con el lastre de sus propios fantasmas. En seis enfrentamientos directos, los italianos solo han perdido una vez: precisamente en ese amistoso de 1996. Desde entonces, cuatro victorias y un empate. Pero los números engañan: la última vez que Italia disputó un Mundial fue en Brasil 2014, donde quedó eliminada en fase de grupos. Desde entonces, dos ediciones perdidas y una tercera en peligro. La repesca se ha vuelto rutina, y con ella, la sensación de que la maquinaria italiana se ha quedado sin piezas de recambio.

En Zenica, la normalidad aún se construye. El Bilino Polje, con su aforo de 15.600 localidades, es un estadio modesto que ha visto llorar a su afición por razones muy distintas a las futbolísticas. Durante los años 90, este valle fue un corredor de guerra; hoy, acoge la ilusión de un país que sigue buscando su lugar en el mapa deportivo global. Para Bosnia, la clasificación al Mundial 2026 sería más que un logro deportivo: sería la confirmación de que la reconstrucción nacional trasciende los ladrillos y se ha instalado en la psique colectiva.

Italia, en cambio, juega su partido más incómodo: el de la expectativa. La prensa transalpina ya avizora un nuevo apocalipsis si Spalletti no logra el billete. La federación ha blindado al técnico con contrato hasta 2026, pero los italianos saben que un pinchazo en Zenica puede precipitar una crisis institucional de dimensiones incalculables. La sombra de Sacchi, que dejó el cargo tras aquella derrota en Sarajevo, planea sobre el vestuario italiano como una maldición recurrente.

El balón echará a rodar el martes bajo los cánticos de una afición bosnia que ha convertido el Bilino Polje en un fortín emocional. Italia, acostumbrada a jugar en templos como el San Siro o el Olímpico, se encontrará con una grada que lleva años almacenando deseos de revancha. La pregunta no es si la Azzurra tiene calidad para ganar: la pregunta es si tiene alma para soportar el peso de su propia historia. Bosnia no juega solo un partido; juega su futuro. Italia, su pasado.

Cuando el árbitro pite el inicio, ambos equipos sabrán que más que un pase al Mundial 2026 está en juego: está en liza la idea misma de lo que significa ser futbolística y nacionalmente grande. Para Bosnia, la victoria sería la confirmación de que la guerra quedó atrás. Para Italia, la derrota sería la constatación de que el fútbol, como la historia, no perdona a los que se duermen en los laureles. El reloj corre. Zenica espera. Y el mundo observa si Italia es capaz de redimirse o si, una vez más, tropezará con el mismo hueso que ya le hizo sangrar en 1996.