Italia se juega el alma en bilino polje: la crisis azzurra se mide a una bosnia que ya le dolió

Italia no puede fallar. Ni siquiera empatar. En Zenica, una ciudad cuyo nombre huele a acero y cuyo estadio huele a humo de grada, la azzurra se juega este martes el pasaporte al Mundial 2026. El escenario: Bilino Polje, 9.000 almas reducidas por sanción de la FIFA, pero con la suficiente capacidad de estruendo como para despertar a los muertos. La misión: borrar dos Mundiales consecutivos de ausencia, algo que ninguna generación italiana había firmado antes.

Lo que nadie cuenta es que ese estadio, inaugurado cuando Tito aún soñaba con la Yugoslavia eterna, ya fue tumba de la azzurra en 1995-2006: una década entera sin perder. La última vez que Italia pisó Zenica, en 2019, salió con un 0-3 que hoy parece un espejismo. Entonces tenía a Chiellini, a Insigne, a Verratti. Ahora tiene a Gattuso en el banquillo y a la prensa romana pidiendo su cabeza antes de que el balón ruede.

El recinto que bosnia convirtió en fortaleza

El Bilino Polje no es moderno: carece de pista de atletismo, las gradas se pegan al césped como un abrazo de oso y el río Bosna murmura a setenta metros. Pero su atmósfera es un arma. Miralem Pjanic, que jugó allí de niño y después la rompó en Roma y Turín, lo definió así para Sky: «Una auténtica caldera. Cuando cantan, el aire se vuelve más pesado». La FIFA, tras los incidentes contra Rumanía, le bajó el telón a 9.000 localidades. bosnia, que solo ha estado en un Mundial (Brasil 2014), vendió las entradas en 48 horas. La cifra habla por sí sola: 9.000 gargantas serán 18.000 si se cuentan los ecos de las montañas que rodean Zenica.

La ciudad, 127.000 habitantes y un paro del 18 %, vive del recuerdo de sus altos hornos. El fútbol es su única industria en marcha. En la calica principal, un mural de Dzeko sonríe junto a un lema: «El acero se derrite, nosotros no». El martes querrán comprobarlo.

Italia arrastra la losa de dos mundiales perdidos

Italia arrastra la losa de dos mundiales perdidos

La azzurra no falló un Mundial entre 1962 y 2014. Desde entonces, se perdió Rusia 2018 y Catar 2022. La generación de Buffon se retiró con la cicatriz abierta; la de Donnarumma aún no la ha cerrado. El empate en Cardiff (1-1) que llevó a este repechaje ya olía a papel quemado. Gattuso, elegido en pánico tras la marcha de Mancini, ha ganado dos partidos oficiales: uno contra Irlanda del Norte y otro contra Malta. La prensa de Milán pide sangre. La de Roma, milagro.

El precedente más reciente, aquel 0-3 de 2019, engaña. bosnia entonces llevaba meses sin técnico y con Dzeko lesionado. Ahora llega con Ivaylo Petev dibujando triángulos en el centro del campo y con Edin Dzeko, 38 años, 67 goles y la obsesión de despedirse en un Mundial. «No venimos a defender, venimos a morder», avisó el delantero del Fenerbahçe tras eliminar a Gales en la tanda de penaltis.

Italia, en cambio, llega con la duda de Chiesa (tocado en el tobillo) y con Scamacca marcado por la sequía: lleva un gol en sus últimos nueve partidos con la selección. El mediocampo, sin Verratti ni Jorginho, parece un taller sin herramientas. Gattuso, ex jugador que se hizo entrenador sin transición, apela al orgullo: «No podemos volver a casa con la cabeza baja». Pero el orgullo no mete goles.

El martes, a las 20:45, el Bilino Polje será un reloj de arena. Cada minuto que pase sin romper el 0-0, Bosnia crecerá. Cada pitido del árbitro serbio Srdjan Jovanovic será un latigazo. Italia necesita ganar para no desaparecer del mapa futbolístico tres años más. Bosnia necesita ganar para soñar de nuevo con Brasil. El perdedor se quedará sin verano. El ganador, tal vez, sin aliento.

Ambos equipos saben que un partido puede borrar una década. En Zenica, el acero ya no se funde en los hornos: se funde en las gradas. Y el río Bosna seguirá su curso, indiferente, mientras 9.000 bosnios cantan y 11 italianos tratan de recordar cómo se gana fuera de casa. La historia no admite empates.