Iván mordisco se escurre otra vez: el hombre más buscado de colombia no está entre los muertos del bombardeo

Un domingo que huele a pólvora húmeda y a frustración. El Instituto de Medicina Legal entregó la lista de cadáveres y el nombre de Néstor Gregorio Vera, alias Iván Mordisco, brilló por su ausencia. Seis cuerpos, cuatro identificados, dos mujeres sin nombre, pero el jefe del Estado Mayor Central de las disidencias de las FARC no está entre ellos. La recompensa de 5.000 millones de pesos sigue sin dueño.

La operación que no acabó con el fantasma

El jueves pasado, la selva del Vaupés tembló con el estruendo de una ofensiva conjunta: Ejército, Armada, Fuerza Aérea y Policía desplegaron un enjambre de helicópteros, lanchas y tropas de élite contra el Bloque Amazonas. El general Hugo López celebró en X la incautación de explosivos y la muerte de seis guerrilleros. Pero la fotografía oficial se quedó sin su pieza clave. Mordisco, el hombre que cobra peaje a los mineros de oro y controla rutas de coca desde Guaviare hasta Putumayo, volvió a jugar su carta favorita: desaparecer antes de que el humo se disipe.

Los forenses trabajaron toda la noche. Compararon huellas, tomaron muestras de ADN, revisaron tatuajes y cicatrices. Los resultados hablan de una generación perdida: Angelin González tenía 18 años y acababa de cumplir la mayoría de edad entre fusiles. Claudia Valencia, 26, llevaba en la guerra la mitad de su vida. Las dos mujeres sin nombre son ahora expedientes abiertos en un archivo que ya supera los 2.000 cuerpos no identificados que la violencia deja en Colombia cada década.

El negocio que no se derrumba con un bombardeo

El negocio que no se derrumba con un bombardeo

Mientras el Gobierno reparte medallas, en San Vicente del Caguán los campesinos cuentan otra historia. El año pasado, Mordisco impuso un “impuesto de guerra” de 3.000 pesos por cada kilo de yuca que sale de la región. El negocio del orígen ilegal se sostiene sobre tres pilares: la coca, el oro y la extorsión. Derribar campamentos es rasgar la pintura de un mural cuyos cimientos —la pobreza, la ausencia del Estado, la demanda externa— siguen intactos.

El Ministerio de Defensa prometió que la ofensiva “degradaría” la estructura logística del EMC. Lo cierto es que, en los últimos nueve meses, las disidencias han pasado de 2.400 a 3.100 combatientes, según la Fundación Ideas para la Paz. Cada muerte genera un vacío que dos nuevos reclutas ocupan antes de que termine el luto.

La recompensa por Mordisco subió en septiembre. 1,3 millones de dólares suena a fortuna en un país donde el salario mínimo ronda los 300 dólares mensuales. Pero la cifra es también un espejo: refleja la incapacidad del aparato de seguridad para llegar antes que los sicarios o que la justicia propia de la selva. Hace una década, alias “Guacho” llegó a valer 2 millones. Lo mataron en 2018, tras una operación similar, y su grupo se fracturó en células que hoy extorsionan en Tumaco con más saña que nunca.

El domingo termina y el país vuelve a la rutina. Pero en algún banco de arena del río Apaporis, Iván Mordisco —si es que aún usa ese nombre— debe estar revisando sus mapas, cambiando de campamento, pagando sobornos con billetes nuevos. La guerra contra las disidencias no se gana con bombas; se gana con alcaldes que llegan antes que los fusiles, con maestros que pagan sueldos dignos, con carreteras que no terminan convertidas en trincheras. Mientras eso no ocurra, la lista de muertos seguirá creciendo y la recompensa, también.