Jerusalén bloquea al cardenal pizzaballa: españa arremete contra israel en domingo de ramos

La Policía israelí cerró ayer el paso al cardenal Pierbattista Pizzaballa cuando se disponía a presidir la entrada solemne en el Santo Sepulcro. Era Domingo de Ramos y Jerusalén se llenó de olivos mientras el vicario católico en Tierra Santa se veía obligado a dar la vuelta. El gesto desató la ira del Gobierno español: Pedro Sánchez acusó a Benjamin Netanyahu de atentar contra la libertad religiosa y le espetó que «sin tolerancia es imposible convivir».

La excusa de seguridad que no convence a nadie

El Ejército israelí invocó la alerta por Irán; la Policía añadió que el sábado ya habían advertido al Patriarcado Latino. Pero lo cierto es que la comitiva del cardenal circulaba sin incidentes previos y el dispositivo militar montado en los accesos a la puerta de Jaffa era visiblemente excesivo. Para la Santa Sede, la medida rompe un protocolo que venía blindado desde la épica otomana: el custodio católico entra al Sepulcro el domingo anterior a Pascua sin cortapisas. El Patriarcado Latino habla de «precedente peligroso»; los fieles locales, de humillación.

Skype y Whatsisapp de obispos europeos ardían anoche. El cardenal Parolin ya prepara una nota de protesta formal. Mientras, el Ministerio de Exteriores español convocó al embajador israelí en Madrid para esta misma tarde. La última vez que españa adoptó ese paso fue durante la guerra de Gaza de 2014.

¿Por qué importa este episodio?

¿Por qué importa este episodio?

Porque coloca el statu quo de Jerusalén bajo un reflector que Netanyahu preferiría apagado. El primer ministro juega a dos bandas: externamente necesita la imagen de Estado que protege minorías; internamente, su coalición depende de sectores que reclaman soberanía plena sobre la Ciudad Vieja. Bloquear al máximo representante católico en plena Semana Santa es un guiño a esa base que, al mismo tiempo, erosiona la ya maltrecha credibilidad internacional de Israel.

El detalle que nadie menciona: el domingo pasado fueron los patriarcas ortodoxos quienes denunciaron restricciones para la procesión del Sábado de Lázaro. Ayer le tocó al catolicismo. Mañana podría ser el turno de los armenios. El cerco se estrecha y la secuencia recuerda a los peores años de la Intifada, cuando los desplazamientos de fieles se convertían en campo minado diplomático.

La cifra habla por sí sola: en los últimos doce meses, la Policía israelí ha denegado o limitado 27 eventos religiosos no judíos en la Ciudad Vieja, el doble que en 2022. El ministerio de Turismo cristiano palestino ya advierte de una caída del 35 % en reservas de peregrinos para la próxima Pascua ortodoxa.

Sánchez necesitaba este rifirrafe como quien necesita oxígeno en una campaña electoral que le viene grande. Pero hay un fondo más profundo: Europa empieza a sospechar que el multilateralismo que garantizaba el acceso libre a los Santos Lugares se resquebraja. Y cuando la fe, la política y la seguridad se enredan en Jerusalén, el efecto dominó suele llegar hasta Bruselas y Washington.

El Santo Sepulcro volvió a cerrar sus puertas anoche con llave de siglo XVI. Dentro quedan los restos de la roca donde, según la tradición, resucitó un condenado. Fuera, la roca dura de la geopolítica sigue sin resucitar. El silencio que dejó el cardenal Pizzaballa al marcharse atrás suena hoy más fuerte que cualquier campana pascual en la ciudad donde la política se escribe con incienso y lágrimas.