Jerusalén cierra el santo sepulcro y cancela la misa de ramos: la fe se queda sin entrada

La Policía israelí dio la vuelta a la llave este domingo. A las 8:00 de la mañana, la puerta de la Iglesia del Santo Sepulcro —el lugar donde, según la tradición, fue crucificado y resucitado Jesús— permaneció cerrada para el patriarca latino de Jerusalén, Pierbattista Pizzaballa. El cardenal se quedó en la plaza sin poder oficiar la misa de Domingo de Ramos, el acto que abre la Semana Santa y congrega cada año a miles de peregrinos. La excusa: la guerra con Irán y un supuesto riesgo de misiles que, según testigos, ni siquiera rompió el silencio de la madrugada.

Una patada a la libertad religiosa que cruza el atlántico

En Ciudad de México, la Conferencia del Episcopado Mexicano (CEM) leyó el telegrama y sintió el golpe como propio. «Profundo dolor», escribieron. Firmaron Ramón Castro Castro, presidente de la CEM, y Héctor M. Pérez Villarreal, su secretario general. En su comunicado citaron al papa León XIV: «La violencia solo engendra más violencia». Lo que no citaron es que, en los hechos, la violencia este domingo fue una cancelación preventiva sin explosiones registradas.

La ironía: mientras el cardenal Pizzaballa regresaba al patriarcado sin pasar por el calvario, en la Ciudad Vieja los restos de un misil interceptado caían a 400 metros del Muro de las Lamentaciones. Nadie resultó herido. Pero la imagen del proyectil desintegrado sirvió a la oficina de Benjamín Netanyahu para sellar el acceso a los tres grandes santos de Jerusalén: la Explanada de las Mezquitas, el Muro y el Santo Sepulcro. Tres religiones, una misma cancelación.

Cuando la seguridad se viste de liturgia

Cuando la seguridad se viste de liturgia

El gobierno israelí promete un «plan» para que los oficios puedan celebrarse «en los próximos días». No dio fechas. Mientras tanto, el custodio de Tierra Santa, Francesco Ielpo, acompañó a Pizzaballa en un intento de entrada «privada», sin procesión ni incienso. La respuesta fue un «no» seco y una explicación técnica: las ambulancias no podrían entrar por las callejones de adoquín si cae otro misil. La lógica militar venció a la liturgia.

La CEM, a 12 000 kilómetros, elevó la voz. No exigió, suplicó. No condenó, pidió «diálogo y fraternidad». El mensaje llegó a Jerusalén como un eco apagado. En Roma, el Vaticano guardó silencio oficial. En la Ciudad Vieja, los comerciantes de rosarios y aceite de oliva bajaron las persianas. Otro domingo sin flores de palma, otro calvario sin resucitado.

La Semana Santa apenas comienza. Quedan seis días para el Viernes Santo. La llave del Santo Sepulcro sigue en manos de la Policía. Y la fe, esa que tanto predican, se quedó afuera, golpeando una puerta de madera del siglo XII que esta vez no se abrió.