Joche zuluaga muere en mompox: el acordeón que calló en el día más triste de la semana santa
El lunes más silencioso de Mompox llevó su nombre. José Luis Zuluaga de León, Joche para los que lo querían, cayó redondo a las puertas de su casa cuando el reloj marcaba las 11:43 a.m. El infarto fue fulminante, como los solos que desgranaba con la mano derecha en su Hohner. Tenía 67 años y una carrera entera colgada del cuello: cuatro décadas de vallenato que ahora quedan en la memoria de un pueblo que se niega a tocar otra cosa que no sea La dueña de mi suerte.
El tema que se convirtió en epitafio
Ramiro Padilla recibió el mensaje mientras ensayaba en Valledupar. No lo entendió hasta la tercera lectura. «Hermano, se nos fue Joche». Cuelga el teléfono. Toca la intro de la canción que los unió en 1998 y se queda sin voz. La frase «me toma en sus brazos y en solo un abrazo hace que hasta se me olvide el mundo» nació de la pluma de Tico Mercado, pero fue Joche quien le puso el alma de acordeón que hizo llorar a las novias y que hoy las devuelve a llorar de nuevo.
El entierro será hoy a las cuatro de la tarde en el cementerio San Francisco. La alcaldía ya advirtió: «no habrá carrozas ni bandas, solo acordeones». La orden es tocar vallenato de verdad, el de Joche, sin amplificación. El alcalde, Wilfredo Araúz, firmó el decreto de duelo municipal y ordenó cerrar la taquilla del festival de la Leyenda Vallenata que lleva su nombre desde 2019. «Perdimos al maestro que enseñó a tocar a los hijos de los pescadores», dice el comunicado oficial que nadie en Mompox se atreve a leer en voz alta.

La escuela que quedó sin director
En el patio de la Casa de la Cultura hay 14 acordeones negros apoyados contra la pared. Son los que Joche regaló a los niños del programa «Acordeón para la paz». La directora, Yurani Castillo, cuenta que el viernes pasado Joche llegó tarde a clase porque «se quedó arreglando un clavo al piano de la iglesia». Lo regañaron. Él respondió: «los instrumentos también lloran cuando los toca gente sin amor». Ahora los 42 alumnos repiten la frase como un mantra y se niegan a tocar hasta que llegue el féretro.
La última vez que Joche pisó un escenario fue el 15 de marzo en el parque Simón Bolívar. Se le notaba cansado, pero nadie sospechaba que el corazón le pedía tregua. Antes de subir, le dijo a su hijo José Luis Jr.: «Cuando me muera, no me pongan discursos. Que toquen La dueña de mi suerte y que la gente baile». El hijo cumplirá la orden. Será la única canción del funeral.
Mompox amaneció hoy sin colores. Las tiendas de artesanía cerraron con cartel escrito a mano: «Por Joche». Las embarcaciones que cruzan el río Magdalena llevan la banda a media asta y los motoristas tocan la bocina al compás de la canción que suena en loop en la emisora local. La cifra habla por sí sola: en 48 horas han vendido más acordeones que en todo el año. Los vendedores no atinan a explicar si es homenaje o desesperación.
El silencio de Joche Zuluaga deja un hueco que nadie quiere llenar. Porque en Mompox, cuando muere un acordeonero, no se trata de música: se trata de aire. Y hoy aquí no se respira.
