José fernando ortega deja el infierno: ahora repone ladrillos en alcobendas

A las 06:30 el almacén de materiales de construcción abre sus puertas. José Fernando Ortega ya lleva dos horas en pie: mercancía clasificada, paletas ordenadas, café frío en la cantina. Nadie lo reconoce bajo el chándal gris y la gorra con visera. Y esa es, precisamente, la victoria.

Un apellido que pesaba más que los sacos de cemento

Hijo de José Ortega Cano y Rocío Jurado, José Fernando cargó durante décadas con un lastre que no se hereda: las cámaras, la tragedia, la guillotina mediática. Las adicciones —cocaína, alcohol, pastillas para dormir— fueron el mecanismo de defensa de un chico que nunca pidió ser noticia. En 2022 ingresó en una unidad de desintoxicación fuera de Madrid. Allí le quitaron el móvil, el DNI y, sobre todo, el apellido. «Skale, cuando pierdes el miedo a sudar, recuperas el miedo a morir», me dijo un terapeuta. El caso de Ortega confirma la ecuación: cuanto más sudó, menos fantasmas quedaron.

El pasado verano murió Michu, su ex pareja y madre de su hija Rocío, de un paro cardiaco a los 45. El golpe fue brutal: volvió a caer, pero esta vez pidió ayuda antes de tocar fondo. «No voy a dejar a mi hija huérfana de padre vivo», le escribió a su hermana desde la clínica. Salió en diciembre con un plan de choque: terapia de grupo, medicación ajustada y un contrato temporal de seis meses que le firmaron tras un curso de carretillas elevadoras subvencionado por la Comunidad de Madrid.

De camarines de torero a rutina de almacén

De camarines de torero a rutina de almacén

El centro está en una polígono de Alcobendas donde las 8.000 referencias de stock se pelean por un metro cuadrado. José Fernando se encarga de la sección de azulejos: descarga camiones, etiqueta cajas, apila hasta donde la espalda aguante. Gana 1.250 euros al mes por 40 horas semanales. La mitad se va en alquilar un piso de 55 m² cerca del colegio de su hija. No hay glamour, pero tampoco hay paparazzi.

Los compañeros lo conocen como «Pepe». Solo uno, un ex boxeador de Parla, sospechó la identidad real cuando vio un reportaje antiguo en el móvil. «¿Tú eres el.?», preguntó. «Fui. Ahora soy esto», respondió señalando la carretilla. Fin del tema.

El miedo a la cámara sigue vivo

El miedo a la cámara sigue vivo

En su perfil de Instagram —cuenta privada, 300 seguidores— subió la semana pasada una foto: manos engrasadas sosteniendo una taza de plástico azul. El pie de foto: «Desayuno de campeones». Su nueva pareja, una estudiante de Magisterio que conoció en terapia, aparece en stories cocinando macarrones. Ningún selfie, ningún filtro. La única concesión al pasado: una imagen del teatro de La Latina donde su madre grabó «Con la misma piedra» con la leyenda: «La reina se quedó, pero la lección sigue».

El objetivo inmediato es conservar la custodia compartida de Rocío. La jueza le exige un año de estabilidad laboral y tres informes médicos favorables. Lleva cuatro meses sin consumo, dos sin llamar a su antiguo camello y un fin de semana de visita sin supervisión. La próxima meta: aprobar el carné de camión de 18 toneladas. «Con eso me suben a 1.800 y puedo llevarla a clase de ballet sin pedir coche prestado», me contó cuando lo abordé a la salida del turno. No pidió que no publicara la entrevista; solo que «no usara la palabra redención».

Alcobendas amaneció ayer con 4 grados y niebla tóxica. José Fernando atravesó el parking con el paso de quien ya no huye. Dentro del almacén, entre sacos de yeso y palets de mármol, hay una etiqueta escrita con rotulador: «Skale, recuerda: el ladrillo más pesado es el que te quitas de encima». Lo firmó él. Nadie lo ha borrado.