Kennedy jr. devora bistecs mientras washington teme que su cerebro pida licencia
El candidato que promete «salvar la patria» come solo cadáveres. Carne a deshoras, carne sin guarnición, carne como dogma. Y Washington ya no habla de encuestas: habla de sinapsis que se apagan.
Robert F. Kennedy Jr. llevó su plato de chuletas a la mesa de un hotel de Des Moines y, de golpe, la prensa dejó de mirarle la cartera para espiarle la corteza cerebral. La dieta carnívora –carne, sal y nada más– ha pasado de ser una anécdota de Instagram a un signo de alarma médica que los estrategas de campaña escriben con mayúsculas rojas en sus informes internos. La razón: tres neurólogos consultados por The Mirror detectan en ese régimen un acelerador posible de demencia, sobre todo en un Kennedy con antecedentes familiares de enfermedades neurodegenerativas.
La trampa nutricional que acecha al oval
Amy Gorin, nutricionista que ha trabajado con el Capitol Hill, resume la jugada con una frase que hiela la sangre: «La ausencia de fibra y antioxidantes no es una opción personal; es una huelga de neuronas». Su colega Emily Leeming, de la BBC, añade la clave intestinal: la microbiota del candidato, privada de frutas y verduras, segrega metabolitos pro-inflamatorios que atraviesan la barrera hematoencefálica y, según estudios de la Universidad de Harvard, triplican el riesgo de deterioro cognitivo en 15 años. Kennedy cumple 70 en enero.
El equipo médico de la campaña, contactado por este periódico, responde con evasivas: «Evaluación continua», «parametrización constante». Traducción: no hay pruebas públicas que certifiquen que su médico de cabecera le ha hecho un MMSE (Mini-Mental State Examination) en los últimos doce meses. La última vez que se filtró un informe de salud suyo fue en 2012, cuando todavía desayunaba espinacas.

Cuando el plato se vuelve boleta
El 47 % de los votantes indecisos en Pensilvania confiesa que «la salud mental del candidato pesará tanto como su programa económico» (sondeo Benenson, abril 2024). Una cifra que ha encendido las alarmas del comité de acción política de Kennedy: si la carne le nubla el juicio, la boleta puede volverse cadáver electoral. En los pasillos del Democratic National Committee ya se cocina un spot que muestra un electroencefalograma plano sobre una parrilla.
Pero el daño colateral es mayor. Google Trends detecta un pico del 320 % en búsquedas de «dieta carnívora» cada vez que Kennedy sube un vídeo masticando costillas. La doctora Leeming teme el efecto imitador: «Un senador puede darse lujo de arruinar su cerebro; un obrero de Ohio que gana 42 000 dólares no». En los foros de Reddit, nutricionistas frustrados se lanzan contra los «influencers de la hamburguesa» que promueven el régimen sin advertir que la vitamina C se esfuma después del día 30 sin fruta y que la escorbuto, dramático, reaparece.
La familia Kennedy, heredera de tragedias, observa desde la distancia. Un pariente que prefiere el anonimato me susurra: «Bobby siempre fue el rebelde, pero ahora el rebelde se está comiendo su propio futuro». En la biblioteca presidencial de JFK hay una cinta de 1962 donde el presidente bromea: «Un país que olvida sus verduras olvida su libertad». La frase nunca sonó tan literal.
Kennedy Jr. sigue mordiendo. Washington sigue contando sinapsis. Y el reloj electoral, como la microbiota, avanza sin piedad: 180 días para demostrar que un hombre que se alimenta de filetes puede alimentar a una nación sin que su mente se desgarre antes que la suela de sus zapatos de campaña.