Ketamina rosada: la minifábrica de droga que escondía un hostal de tacna

Una cocina eléctrica de una sola hornilla, un sartén y un mortero bastaron para convertir 160 g de ketamina en Tusi, la polvillo rosa que se ha vuelto moneda corriente en la madrugada de Tacna. La receta se cocinaba en la habitación 202 del hostal La Heroica I, frente al terminal terrestre Manuel A. Odría, hasta que el 24 de marzo el Departamento Antidrogas (Depandro) irrumpió y desmanteló el laboratorio más pequeño —y más rentable— de la frontera sur.

Detrás del microproceso estaba Kendra Jacobe Rojo López, una chilena de 23 años que cruzaba la líja cada fin de semana con la misión de teñir de rosa la noche peruana. La arrestaron con la sustancia aún cristalina, bolsas de plástico y el colorante que convierte el anestésico veterinario en pasto de discoteca. El Ministerio Público le dio 15 días de investigación por presunto tráfico ilícito; ella guardó silencio.

El triángulo que alimenta la noche

El Triángulo, ese microbarrio que duerme entre buses y bocinas de terminal, se ha convertido en el epicentro del nuevo circuito. La avenida Leguía, a cinco minutos caminando, concentra bares que abren hasta que el cuerpo aguanta. Ahí la Tusi se vende en cápsulas de 2 soles: media hora de euforia, retroceso garantizado y vuelta a la cola.

Lo que nadie cuenta es que la ketamina entra por Iquique, sube en camión a Arica y cruza a pie por el paso fronterizo que ni siquiera tiene rayos X. En Chile la sustancia es ilegal; en Perú, veterinarios la dispensan sin chistar. La brecha legal es un túnel de 200 km que termina en el sartén de Kendra.

La cifra habla por sí sola: el puerto chileno de Arica incautó en los últimos meses 44,2 toneladas de ketamina que iban camino a Europa camufladas en madera tajibo. De Tacna, nadie ha dicho cuánto salió.

Del laboratorio al bolsillo

Del laboratorio al bolsillo

El método es tan simple que duele: se derrite la ketamina en fuego lento, se añade colorante alimentario y se envasa en bolsitas que caben en un hueco del cinturón. Cada gramo se multiplica por diez. La ganancia pura supera los 1 000 % y el riesgo es una causa penal que, con abogado diligente, termina en libertad provisional a los seis meses.

Pero hay un detalle que la Policía no logra desentrañar: ¿quién le enseñó a Kendra la proporción exacta para que el color aguante la saliva del consumidor? La sospecha flota sobre una red de microquímicos que operan por WhatsApp y cobran en US$50 la tutoría virtual. El celular de la detenida está en poder de los peritos; hasta ahora, nadie ha podido desbloquearlo.

Tacna, por su ubicación, se ha vuelto un patio trasero donde sobra demanda y falta control. El hostal cobra 30 soles la noche, no pide DNI y la cámara del pasillo lleva dos años descompuesta. El perfecto anonimato por 10 dólares.

La investigación sigue abierta. La Policía presume que Kendra no viajaba sola: una mujer joven con pasaporte limpio es el mejor mulita del mercado. Mientras tanto, en la esquina de Leguía y Bolognesi, la cola de clientes vuelve a crecer después de las dos de la mañana. El polvo rosa vuelve a faltar y alguien ya alquila la habitación 203 del hostal vecino. El sartén está de nuevo sobre la hornilla.