La afa se juega la suerte en tribunales: 19.000 millones y una mansión con helipuerto en la mira
La semana arranca con olor a nafta y a papel sellado. Mientras Messi sigue siendo noticia en Miami, en Buenos Aires los dueños del fútbol argentino juegan su partido más peligroso: dos causas penales pueden dejarlos fuera del palco VIP y tras las rejas. El juez Amarante define si procesa a Claudio 'Chiqui' Tapia y a su tesorero Pablo Toviggino por una deuda de 19.300 millones de pesos en aportes patronales que la AFA nunca giró al fisco. La excusa de «ya la pagamos» suena a rebote del arquero cuando el árbitro ya pitó penal.
El viaje prohibido que desató la furia del juez
Tapia pidió permiso para ir a Caracas el mismo día que rescataban al gendarme secuestrado. Amarante le dijo que no. El presidente de la AFA insistió. El magistrado redactó una resolución que parece extracto de novela negra: sospecha que el viaje a Venezuela era una cortina de humo. Desde la defensa le respondieron que el juez «se cree detective». Entretanto, la deuda gigante —equivalente a casi dos años de televisación de la Liga Profesional— sigue manchando la cuenta bancaria de la entancia.

Una mansión que nadie puede explicar
Mientras tanto, en Villa Rosa, Pilar, hay un haras con helipuerto y más de 50 autos de alta gama que responden a una firma llamada Real Central S.A. El dueño formal es Luciano Pantano, ex jefe del futsal y monotributista categoría A. Su madre, jubilada, figura como co-propietaria. La lógica económica se rompe: ¿cómo compran un inmueble de 17 millones de dólares quienes antes alquilaban un departamento en Temperley? La Casación debe decidir este lunes si la causa se queda en Campana o vuelve a Aguinsky. Elisa Carrió ya cargó contra la jueza Ledesma y pide que declare el ex camarista Mahiques, quien habrcelebó su cumpleaños en la polémica residencia.

El fútbol que viene
Si Amarante procesa, la AFA podría quedar intervenida. Eso significaría revisar contratos de TV, sponsoríos y hasta el futuro de la selección rumbo al Mundial 2026. Tapia, hombre que se jactó de «devolverle la alegría al pueblo», se la juega en un escritorio de tribunales. La pelota, esta vez, no entra por la escuadra: puede terminar dentro de un juzgado. Y el silbatazo final lo dará un juez que ni siquiera mira el VAR.