La armada de ee.uu. pulveriza 11.000 blancos iraníes en 30 días y ya piensa en tierra
En el primer mes de guerra el Pentágono ha convertido el Golfo en un polígono de tiro: 11.000 objetivos iraníes tocados, 150 barcos del CGRI convertidos en chatarra flotante y un solo portaaviones, el USS Gerald Ford, que sale del escenario con 100 camas quemadas y dos marinos heridos por un incendio en la lavandería. La cifra habla por sí sola: Irán guarda silencio sobre sus muertos, pero la ONG HRANA ya contabiliza 1.167 uniformados sin nombre.
El tripoli desembarca 3.500 infantes frente a ormuz
Mientras tanto, el USS Tripoli atraca en aguas no declaradas con 3.500 marines listos para saltar. Su misión: disuadir, pero también abrir la puerta a una operación terrestre que Washington no descarta. El CENTCOM lo resume en un tuit demoledor: «Durante décadas los buques iraníes acosaron el comercio global; esos días terminaron». La frase suena a epitafio y, al mismo tiempo, a advertencia de que la siguiente página podría escribirse con botas sobre suelo persa.
El contraataque verbal llega de Teherán: más misiles sobre Israel y bases estadounidenses en la península arábiga. Promesa incluida: estrangular el estrecho de Ormuz, la arteria por la que fluye el 20 % del petróleo mundial. Trump, por ahora, aplaza el ultimátum hasta el 6 de abril, pero deja entrever que si Irán no cede, las centrales eléctricas iraníes serán la próxima lista de blancos.

Negociaciones a la sombra de los misiles
Entre explosiones, Islamabad hace de mensajero. Contactos indirectos ya flotan en la prensa, aunque nadie sabe si servirán para apagar el fuego o para recargar los cañones. Lo cierto es que el tablero se ha vuelto binario: o Irán cede el paso por Ormuz o el Pentágono enciende las luces de un país entero. La Marina, por si acaso, ya ha reubicado al Abraham Lincoln y mantiene dos portaaviones dentro del radio de vuelo de Qeshm.
El balance humano —13 muertos y 300 heridos del lado estadounidense— parece casi una anécdota frente al volumen de fuego desplegado. Pero esa es la cuenta que más duele cuando los buques regresan a puerto y los marines descargan los féretros bajo bandera. En el Caribe, el Gerald Ford deja atrás 25 toneladas de cocaína incautada; en Split, Croacia, recibe reparaciones y nuevo personal. El buque más grande del mundo regresa al taller con olor a humo y con la certeza de que, cuando zarpe de nuevo, el Golfo ya no será el mismo.
La guerra marítima acaba de empezar y nadie se atreve a pronosticar cuántos barcos más terminarán convertidos en arrecifes de acero. Lo único seguro es que el cronómetro corre hacia el 6 de abril y que, para entonces, Irán deberá decidir si abre el estrecho o se queda a oscuras.