La arquidiócesis de méxico rompe la rutina: semana santa ya no vale como espectáculo
Mientras el país se llena de pasos de cera y alfomras de aserrín, la Arquidiócesis de México ha soltado una andanada que hiela la piel del turista religioso: la Semana Santa no es selfie ni tradición folclórica. En su editorial Desde la Fe, la jerarquía católica estalla contra la mirada de museo que, cada abril, convierte la Pasión en mercancía.

Del «¡hosanna!» al «¡crucifícalo!» en una semana
El texto carga contra la memoria selectiva de la multitud que aclama y, cuatro días después, execra. Los obispos no se refieren a Roma ni a Jerusalén, sino a la 97,8 millones de mexicanos que dicen ser católicos y que, según el Inegi, forman la segunda diócesis más numerosa del planeta. La cifra habla por sí sola: hay más credos que habitantes en toda España, pero la jerarquía advierte que la proporción se desmorona nueve puntos cada década.
El éxodo no es solo estadístico. En barrios como Tepito o Ecatepec, los templos llenan el Domingo de Ramos y vacían el Viernes Santo. «La conversión se ha vuelto un servicio streaming: se pausa cuando incomoda», ironiza el editorial. El mensaje es demoledor para la clase política que se fotografía con el cirio pascual: Dios no es utensilio de campaña.
Lo que nadie cuenta es que la carta llega en plena campaña presidencial. A cuatro meses de la elección más grande del país, la iglesia desempolva la frase de Gustavo Gutiérrez: «La fe que no se traduce en política es una escapatoria». Trasplantada al México de 2024, la advertencia suena como un guante ante quienes prometen abrazos, no balazos, mientras el narcopolítico campa en los estados que más cruces llevan a cuestas.
El editorial cierra con una afirmación que retumba en los 20 millones de hogares que aún poseen una imagen de Guadalupe: «Ninguna herida es definitiva». La frase, leída entre líneas, es un desafío al país que registra más de 110 000 desaparecidos. La Resurrección, dicen los obispos, no es horizonte celestial; es cuenta pendiente terrenal. Y esa deuda, advierten, ya no admite aplausos cómodos.
